lunes, agosto 27, 2007

"Vivan las caenas" y otras lindezas semejantes

Nunca fue fácil nadar contra corriente o transitar por senderos alejados de los que frecuentan los rebaños. Hoy menos que nunca, cuando cualquier supuesto intelectual de todo a cien aprovecha los vientos favorables que hinchan las velas de su egolatría y engrosan, al propio tiempo, su deshonesto bolsillo.

Si esto fuera aún poco, merecería, cuando menos, el título de investigador al servicio del régimen, naturalmente; mas ¿qué importa, cuando el resto de la tribu seguirá dispuesta a taparse las narices para tratar de evitar la hediondez en la que vive y toda una caterva de panolis continuará aplaudiendo con las orejas… o con las orejeras? Si, esas que no les permiten ver otra realidad que la del pesebre al que se encuentran encadenados (¡vivan las caenas!) ¡Y luego se autoproclamarán comprometidos…!

El verdadero compromiso surge de las creencias, de la búsqueda de la verdad y no de los intereses, por más que en esta sociedad se haya tergiversado el sistema de valores. Y en esa búsqueda de la verdad, en esa “agonía” personal que, la mayor parte de las veces, supone la misma, el menor de los derechos debería ser el del respeto al que disiente, al heterodoxo.
Naturalmente que es lícita la controversia, la disparidad de criterios, la exposición de teorías contrarias, pero ¿acaso este servilismo declarado estaría reñido con el respeto debido al supuesto adversario? ¿Por qué no argumentan en lugar de insultar, manipular argumentos, esgrimir medias verdades y descalificar de manera sistemática? ¿No se estarán, por medio de esa despectiva y petulante táctica, descalificando por sí mismos, estos insultadores profesionales? ¿Será esta estrategia la única que conocen para tapar, impúdicamente, sus propias vergüenzas? ¿Adolecerán, quizá, de un acusado e irreversible síndrome de Estocolmo?

Que esta sociedad leonesa está gravemente enferma es un diagnóstico tan fácil que hasta el tonto del pueblo podría certificarlo sin temor alguno a equivocarse. Y uno de los síntomas más claros, sin duda, es la presencia, en tropel, de toda una legión de carroñeros de primera, segunda y hasta tercera división… regional. Ahora parece llegado el turno de las hienas que, entre risas de desprecio, vienen dispuestas a disputarse, sin pudor alguno ya, los despojos de lo que, salvo que estemos también en este punto equivocados, fuera, en el pasado, un León poderoso.

Sin derecho alguno ya a la existencia como pueblo, subsumidos en una entidad extraña y contra natura, ha llegado el momento de asestar a la conciencia colectiva, desmoralizada y sumisa, las últimas estocadas, esta vez en sus mitos colectivos, sus historias, sus leyendas y su contento del pasado.

¿Qué necesidad hay de ello? Sin orgullo, sin historia, sin héroes en los que reflejar la mínima autoestima, la voluntad flaquea cual infantil plastilina. Un pequeño esfuerzo, por parte del enemigo o de cualquier “intelectual” venido a menos, y la batalla tendrá el final previsto. No faltará quien, soplando las cenizas aún calientes, trate de recordar que aquí hubo un reino capaz de hacer arrodillar al rey ante las leyes… De inmediato surgirán voces inquisitoriales negando la existencia de unas cortes, siquiera protodemocráticas, o la realidad de unos “decreta”, al parecer, demasiado avanzados para la época. Eso sí, si falta hiciere “el gran hermano” montaría una serie de fastos celebrando la castellanía de esas mismas cortes que tuvieron de castellanas lo que Genarín de obispo de Sigüenza.

¿Necesita el lector, acaso, algún ejemplo más? No vayan a pensar que deliramos…

Si un enamorado de León (por cierto, se sigue debatiendo si a esto hay o no derecho…) a quien, a decir verdad, nunca hemos oído devaneo o declaración leonesista alguna, se atreve a argumentar sobre la existencia de alguna legión anterior a la VII Gémina, en el recinto campamental leonés, la campaña de descrédito en su contra alcanzó niveles tales de bajeza moral que las piedras mismas debieron avergonzarse; hasta tal punto que comenzaron a mostrarse, sin rubor, acá y allí, restos innegables de la existencia de, al menos, otra legión anterior: la VI Victrix. A día de hoy, desconocemos si alguno de los que avivaron la polémica han tenido, al menos, la decencia humana e intelectual de pedir disculpas… ¿Para qué, si una de las lacras de este pueblo es, precisamente, la falta de memoria?

Que una serie de personas intentan reivindicar un hecho como el primer esbozo de levantamiento contra el invasor francés (no ignoramos, naturalmente, que otras ciudades, con sus argumentos, se atribuyen honor semejante), se cargan en su contra las baterías y se utiliza, si viene al caso, hasta la guerra bacteriológica para anular cualquier movimiento que pueda perturbar esta dorada mediocridad que nos regalan y en la que León se asfixia.

Faltos de voceros oficiales, de órganos de expresión que puedan llegar a las masas, de dineros obtenidos a punta de navaja fiscal, no nos quedan más que estos medios libres para gritar al mundo nuestra verdad, para seguir recordando a quien quiera oírnos que las únicas “caenas” son las que nos aprisionan desde hace 23 años y que determinadas personas contribuyen a ceñirnos, cada vez con más fuerza; unas con sus actos, otras con sus palabras y las más con un odioso silencio que se prolonga en demasía.

No importa; algunos seguiremos gritando, a pesar de los vientos contrarios, “abajo las cadenas”, sin distingos de color ni de época; las de Fernando VII, sí, pero también las de cualquier “invasor” que trate de robarnos lo nuestro: nuestra tierra, nuestro pasado, nuestro futuro, nuestra cultura, nuestra lengua, nuestros mitos y nuestras leyendas. En suma, nuestro ser y sentir como pueblo. ¿O es que solo los demás tienen también derecho a ello?