Hemos conseguido, gracias a nuestros buenos contactos y a la generosidad de quien esto firma, hacernos con la intervención del Abad de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, en el acto que tuvo lugar, en la Diputación, un año después de haber logrado el Record Guiness de Pendones. Creemos que esta "reflexión" será del agrado de todos vosotros como lo fue de la mayoría de los asistentes; así lo destacó "La Crónica de León" que, literalmente, dice: "... la intervención más brillante partió del Abad de la Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, Hermenegildo López, al asegurar que 'podemos celebrar que hemos entrado en el libro de los records, que ello nos estimule para no permitir que nos saquen del libro de la Historia' ".
En momentos tan significados como el que nos congrega hoy aquí, solo caben sentimientos de agradecimiento y orgullo de las raíces de la Patria pequeña; agradecimiento a todos los que han contribuido a conseguir que podamos celebrar este acontecimiento gozoso, desde la Asociación de Pendones Reino de León hasta cualesquiera de los entusiastas y nunca desmoralizados porteadores del pendón de su pueblo; pequeño o grande, viejo o recientemente recuperado. Es el suyo, es el alma de una comunidad que desafía al aire leonés y al paso irremediable del tiempo.
¿Orgullo? Naturalmente, orgullo sobre todo de lo que hemos sido puesto que, parodiando aquel pensamiento tan repetido sobre la historia, hoy podríamos pregonar, en este lugar tan significado y en este momento tan sentido que “el pueblo que olvida o desprecia su pasado, desprecia igualmente su futuro”. El pasado nos ha hecho ser como somos, y así lo confiesan nuestros pendones concejiles y esos otros históricos que aquí también están, en espíritu, representados. Pero permitidme que os diga que ha tardado este record, ¿no lo creéis? Yo estoy convencido de que era algo que nos estaba reservado, que había sido exclusivamente pensado para nosotros. Decidme, si no, ¿en qué lugar del mundo pueden congregarse tantos pendones, tantas enseñas o banderas, como algunos dicen, por kilómetro cuadrado? Que necesitamos 150, aquí están; que alguien se atreve a desafiarnos, tenemos hasta 300 pendones censados únicamente en la Provincia y, por lo tanto, nos queda el resto del Reino de León o Región Leonesa. ¡Que vengan, que aquí les esperamos! Seríamos capaces de llegar a esos más de 1.000 de los que se tienen noticias...
¿Dónde encontrar, asimismo, una agrupación que cuente ya con nueve siglos de historia y ello alrededor, precisamente de un Pendón si no es aquí, en la urbe regia y en la institución que me honro en representar como Abad, la Muy Ilustre Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro o Pendón de Baeza? Nuestro glorioso Pendón que presidió cientos de batallas y que combatió, según consta en los escritos, no solo en España sino en Flandes acompañando a las tropas del Emperador Carlos y cuya fundación se debe al único Emperador coronado en España, en León, el 26 de mayo de 1135. Ha llovido ya… y, hemos de confesar que no están los tiempos como para sentirse demasiado satisfechos de nuestra defensa del legado histórico y cultural leonés heredado.
Hoy, en resumen, podemos celebrar que hemos entrado en el libro de los records; que ello nos estimule para no permitir que nos saquen del libro de la historia.
Hermenegildo López González
Abad de la Imperial Cofradía
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viernes, julio 29, 2011
viernes, julio 01, 2011
MC Aniversario del Reino de León: Monolito conmemorativo
La Muy Noble, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, fundada en 1.147 por Alfonso VII "El Emperador" de León, organiza mañana, viernes, 1 de Julio de 2011, una serie de actos para conmemorar el 1100 Aniversario del Reino de León que tuvo lugar el pasado año 2010, con el siguiente programa:
21,00 horas - Solemne Misa Conventual. Al finalizar la misma, los caballeros y damas de la Cofradía saldrán en comitiva a la Plaza de San Isidoro, donde se encuentra ubicado el mencionado Monolito conmemorativo.
21,45 horas – Con la presencia de la Corporación Municipal y demás autoridades civiles y militares, el Alcalde y el Abad de la Cofradía del Pendón de San Isidoro, dirigirán unas breves palabras y descubrirán el Monolito.
A continuación será bendecido por el Abad de San Isidoro.
Finalizará este momento con la interpretación musical del “Himno del Imperial Pendón de San Isidoro”, por parte de la Banda de Música de la Academia Básica del Aire.
Acto seguido, en comitiva, la Muy Noble, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, junto con la Corporación, autoridades y banda de música, se dirigirán por la calle Sacramento, hacia el Claustro de San Isidoro.
22,00 horas - Concierto Extraordinario de la Banda de Música de la Academia Básica del Aire de León, en el Claustro de San Isidoro.
Durante el mismo, se entregará la distinción de Ilustre Caballero Cofrade de Honor, al Ilmo. Sr. D. PABLO CASTILLO BRETON, Coronel Director de la Academia Básica del Aire de León, por su apoyo incondicional y desinteresado a la Cofradía.
23,00 horas - Cena con la Corporación Municipal, autoridades y el homenajeado, en la Casa de Espiritualidad de San Isidoro (Menú del Canónigo – 20 euros), abierta también a familiares y acompañantes.
Reservad con urgencia, ante la previsión de demanda de plazas, llamando a la Casa de Espiritualidad – tfno.: 987 875 088
21,00 horas - Solemne Misa Conventual. Al finalizar la misma, los caballeros y damas de la Cofradía saldrán en comitiva a la Plaza de San Isidoro, donde se encuentra ubicado el mencionado Monolito conmemorativo.
21,45 horas – Con la presencia de la Corporación Municipal y demás autoridades civiles y militares, el Alcalde y el Abad de la Cofradía del Pendón de San Isidoro, dirigirán unas breves palabras y descubrirán el Monolito.
A continuación será bendecido por el Abad de San Isidoro.
Finalizará este momento con la interpretación musical del “Himno del Imperial Pendón de San Isidoro”, por parte de la Banda de Música de la Academia Básica del Aire.
Acto seguido, en comitiva, la Muy Noble, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, junto con la Corporación, autoridades y banda de música, se dirigirán por la calle Sacramento, hacia el Claustro de San Isidoro.
22,00 horas - Concierto Extraordinario de la Banda de Música de la Academia Básica del Aire de León, en el Claustro de San Isidoro.
Durante el mismo, se entregará la distinción de Ilustre Caballero Cofrade de Honor, al Ilmo. Sr. D. PABLO CASTILLO BRETON, Coronel Director de la Academia Básica del Aire de León, por su apoyo incondicional y desinteresado a la Cofradía.
23,00 horas - Cena con la Corporación Municipal, autoridades y el homenajeado, en la Casa de Espiritualidad de San Isidoro (Menú del Canónigo – 20 euros), abierta también a familiares y acompañantes.
Reservad con urgencia, ante la previsión de demanda de plazas, llamando a la Casa de Espiritualidad – tfno.: 987 875 088
miércoles, octubre 20, 2010
Actividades de los próximos días
Recibimos a través de ComunidadLeonesa.ES, Coordinadora de la que nuestro Colectivo de Opinión es Socio Fundador, información sobre las actividades que se van a desarrollar en los próximos días, en los que, amén de diversas Conferencias que se van a realizar en Toro y Benavente para conmemorar el 1100 Aniversario del Reino de León, hay también programados diversos actos lúdicos como filandones o magostos, tan propios ya del otoño en que nos encontramos y del invierno que se aproxima.
Estamos seguros de que encontraréis interesantes tanto las conferencias como las actividades lúdicas programadas.
¡¡¡TODOS ESTAMOS INVITADOS A PARTICIPAR!!!
Entre los próximos días 22 de Octubre y 5 de Noviembre tenemos una quincena repleta de actividades interesantes organizadas por tres asociaciones culturales leonesas, en El Bierzo, en Benavente y en Toro y aunque todas ellas están anunciadas en nuestra página (www.comunidadleonesaes.blogspot.com) os las recordamos a continuación por orden de fechas a fin de que podáis organizaros para acudir a las mismas:
Asociación ProCulTo de Toro (Zamora)
Dentro de su programa para celebrar el 1100 Aniversario del Reino de León
Viernes, 22 de octubre de 2010, a las 20:15 horas, en el Salón de Actos de la Casa de Cultura:
Conferencia de D. José María Manuel García-Osuna Rodríguez sobre "Sancho I el Craso de León y el 1100 Aniversario del Reino de León".
Asociación Cultural Carqueixa del Bierzo, Socio Fundador de ComunidadLeonesa.ES:
Dentro de su tradicional programa “Otoño Cultural 2010”
Sábado, 23 de Octubre
· 18,30 horas: Apertura de exposición de trabajos de cestería (Esta exposición permanecerá abierta hasta el domingo 31 de Octubre)
· 19,00 horas: Conferencia: El tejo en la comarca del Boeza – Santiago Castelao.
· 19,30 horas: Degustación de dulces elaborados con castañas.
Domingo, 24 de Octubre
· 17,00 horas: Exhibición de oficios tradicionales: el filado
· 18,00 horas: Con viejas palabras (Lectura de cuentos y leyendas, coplas y romances en la lengua de nuestros antepasados)
Las actividades se realizarán en la Casa-Museo de Santa Marina de Torre (Ayuntamiento de Torre del Bierzo)
Centro de Estudios Benaventanos «Ledo del Pozo» de Benavente (Zamora)
Dentro de su programa para celebrar el 1100 Aniversario del Reino de León
Miércoles, 27 de Octubre:
«Aproximación a las músicas del Reino de León: la comarca de Benavente» - D. Gregorio Díez Mardomingo, profesor del IES «León Felipe» de Benavente.
Viernes, 29 de Octubre:
«Cortes y pactismo en el Reino de León: su transposición a los reinos hispánicos» - D. Eduardo Fuentes Ganzo, profesor de la Universidad de León,
Las conferencias tendrán lugar en el Salón de Actos de Caja España de Benavente, a partir de las 20,00 horas
Asociación Cultural Carqueixa del Bierzo, Socio Fundador de ComunidadLeonesa.ES:
Dentro de su tradicional programa “Otoño Cultural 2010”
Sábado, 30 de Octubre
· 18,00 horas: VI magosto popular
· 19,30 horas: Cena popular y queimada
Domingo, 31 de Octubre
17,00 horas: Proyecciones:
· El pendón peregrino
· Qué tiempos aquellos.
A continuación:
· Degustación de bollos de patata de la “tía Aquilina” y vino dulce. (En la Iglesia Parroquial)
Las actividades se realizarán en la Casa-Museo de Santa Marina de Torre (Ayuntamiento de Torre del Bierzo)
Centro de Estudios Benaventanos «Ledo del Pozo» de Benavente (Zamora)
Dentro de su programa para celebrar el 1100 Aniversario del Reino de León
Miércoles, 3 de Noviembre:
«En torno a las fortificaciones del Reino de León en la frontera con Castilla (1157-1230)» - D. José Ignacio Martín Benito, profesor del IES «León Felipe» y miembro del C.E.B. «Ledo del Pozo».
Viernes, 5 de Noviembre:
«Raíces leonesas en el habla de Benavente y los Valles» - D. Juan Carlos Nuevo Cuervo, presidente del C.E.B. «Ledo del Pozo».
Las conferencias tendrán lugar en el Salón de Actos de Caja España de Benavente, a partir de las 20,00 horas
Estamos seguros de que encontraréis interesantes tanto las conferencias como las actividades lúdicas programadas.
miércoles, septiembre 29, 2010
Foro por la Recuperación del Valor Histórico-Cultural de La Robla
Dentro de la I Semana Cultural del Rabel y Antropología Cultural de La Robla que, organizado por el Foro para la Recuperación del Valor Histórico-Cultural de La Robla, se está celebrando entre el 21 de Septiembre y el 1 de Octubre, los próximos jueves y viernes están previstas dos interesantes actividades que se realizarán en la Casa de Cultura de La Robla a partir de las 20,00 horas:
Jueves, 30 de Septiembre
Viernes, 1 de Octubre
Jueves, 30 de Septiembre
- Mesa Redonda: El Estado del Patrimonio en España y León - Ponentes: Fulgencio Fernández, Escritor y Periodista de La Crónica; Luis Grau, Director del Museo de León y Evelino Gutiérrez, Catedrático de la Universidad de Oviedo.
Viernes, 1 de Octubre
- Charla-Coloquio: El legado de un Reino a cargo del Catedrático de Filología Moderna de la Universidad de León, Hermenegildo López González.
- Clausura - a cargo del rabelista roblano Mario González.
martes, septiembre 21, 2010
Desfile Medieval y Recital Poético: ROMANCES PARA UN REINO MILENARIO
Nuestros amigos y compañeros de la Asociación Cultural El Trovador Leonés, Socio Fundador al igual que nuestro Colectivo de la Coordinadora de Organizaciones, Asociaciones y Colectivos ComunidadLeonesa.ES, nos informan de la actividad que están organizando y que se va a desarrollar durante las próximas fiestas de San Froilán.
Se trata, al igual que el pasado año, de un desfile medieval con recital poético incluído y cuyos detalles resumidos son los siguientes:
TÍTULO: Romances para un Reino Milenario
DÍA Y HORA: Sábado, 2 de octubre, a partir de las 18:00 horas
LUGAR: Salida de la Plaza de la Iglesia de Santa Marina la Real hacia la Catedral (presentación de la actividad, consideraciones varias y primeras lecturas); calle Ancha, Botines (segunda lectura), calle del Cid, Plaza de San Isidoro (tercera lectura)
CONDICIONES: Sentirse LEONÉS y orgulloso de pertenecer a este pueblo milenario; ganas de participar en una actividad como ésta y, en algunos casos, colaborar en la lectura de los romances que hemos seleccionado.
LOS TRAJES LOS PONE LA ASOCIACIÓN ORGANIZADORA. Se pide, únicamente, respeto y devolverlos en el mismo estado en el que se entregaron.
Quienes estén interesados deben ponerse en contacto con los organizadores en los siguientes teléfonos: Mariluz: 696 244 678, Hermenegildo 608 609 429.
Hay que contactar, presentarse posteriormente en el local de la Asociación para probar la ropa que se prestará el día antes, 1 de octubre, viernes, en horario de mañana o tarde.
Si alguien quiere participar con ropa de su propiedad debe también comunicarlo para determinar si procede o no; todos entienden que pretendemos mantener un standar de calidad en este tipo de actividades y, por lo mismo, no vale cualquier cosa.
Un saludo cordial para todos y os esperamos en número suficiente pues pretendemos vestir a unas 80 personas.
El Trovador Leonés, Socio Fundador de ComunidadLeonesa.ES
Seguidamente os dejamos unas fotos del recital del pasado año, como muestra de la belleza plástica del Desfile:
Llegada a la Plaza de Regla con los abanderados
Algunos de los recitadores
Ante el marco incomparable de la Pulchra Leonina
Por la Calle Ancha, al son de la música medieval llegada desde Salamanca
Ante el Palacio de los Guzmanes
La belleza por duplicado: la bailarina y la danza del vientre
Parte de la representación del Sur Leonés:
Miembros de la Asoc. Cultural de Carpio Bernardo
Fin del Desfile y del Recital en la Plaza de San Isidoro
viernes, junio 25, 2010
Bolos, deportes autóctonos y juegos tradicionales leoneses
Con motivo de la celebración del 1.100 Aniversario del Reino de León, la Diputación de León organiza dos jornadas deportivas dedicadas a los juegos y deportes autóctonos leoneses que constituyen una parte importante de las señas de identidad de nuestra tierra y que forman parte de nuestro patrimonio cultural.
La primera de dichas jornadas, bajo el título `Los deportes autóctonos en el Reino de León´, se va a celebrar el próximo domingo, 27 de Junio, en La Virgen del Camino y trata de reunir, a través de la práctica de los juegos y deportes populares, a personas de territorios que formaron y forman el Reino de León, incluidos los que, por circunstancias de diversa índole, nacieron en nuestros pueblos y viven hoy en otras regiones de España y se desarrollará según el siguiente:
Programa de Actividades
- Juegos autóctonos (Billar romano, rana, tarusa, calva y mazas).
- Bolo leonés.
ORGANIZACIÓN:
HORARIO DE ACTIVIDADES:
Jornada de mañana: Inicio de los concursos deportivos autóctonos.
10,30 h. – Inicio de las actividades de competición de Deportes Autóctonos.
13,30 h. – Finalización de la competiciones de Deportes autóctonos.
14,00 h. – Comida para todos los participantes.
Jornada de tarde: Inicio de los concursos deportivos autóctonos y de las actividades de exhibición.
16,30 h. – Inicio del concurso de Bolo Leonés
19,30 h. – Finalización del concurso de Bolo Leonés.
20,30 h. – Entrega de trofeos a los equipos ganadores de los distintos concursos y clausura de la jornada deportiva de juegos tradicionales y deportes autóctonos leoneses.
21,30 h. – Ágape nocturno y fin de fiesta popular.
La segunda de las jornadas que se han organizado se centrará en la lucha leonesa y las luchas tradicionales europeas y tan pronto como tengamos la información os la pasaremos.
La primera de dichas jornadas, bajo el título `Los deportes autóctonos en el Reino de León´, se va a celebrar el próximo domingo, 27 de Junio, en La Virgen del Camino y trata de reunir, a través de la práctica de los juegos y deportes populares, a personas de territorios que formaron y forman el Reino de León, incluidos los que, por circunstancias de diversa índole, nacieron en nuestros pueblos y viven hoy en otras regiones de España y se desarrollará según el siguiente:
Programa de Actividades
- Juegos autóctonos (Billar romano, rana, tarusa, calva y mazas).
- Bolo leonés.

ORGANIZACIÓN:
- Servicio de Deportes de la Diputación de León
- Federación Regional y Delegación Leonesa de Deportes Autóctonos
- Federación Española y Delegación leonesa de bolos
- Equipos/clubes de deportes autóctonos representativos de las provincias de Zamora, Salamanca y León.
- Equipos/clubes de bolos, modalidad leonés, representativos de las provincias de: Asturias, Barcelona, Bilbao, Madrid y León.
HORARIO DE ACTIVIDADES:
Jornada de mañana: Inicio de los concursos deportivos autóctonos.
10,30 h. – Inicio de las actividades de competición de Deportes Autóctonos.
13,30 h. – Finalización de la competiciones de Deportes autóctonos.
14,00 h. – Comida para todos los participantes.
Jornada de tarde: Inicio de los concursos deportivos autóctonos y de las actividades de exhibición.
16,30 h. – Inicio del concurso de Bolo Leonés
19,30 h. – Finalización del concurso de Bolo Leonés.
20,30 h. – Entrega de trofeos a los equipos ganadores de los distintos concursos y clausura de la jornada deportiva de juegos tradicionales y deportes autóctonos leoneses.
21,30 h. – Ágape nocturno y fin de fiesta popular.
La segunda de las jornadas que se han organizado se centrará en la lucha leonesa y las luchas tradicionales europeas y tan pronto como tengamos la información os la pasaremos.
Recorrido romántico (2ª entrega)
Después de la lectura "reposada" de la primera entrega (os hemos dejado tiempo suficiente para ello) aquí va hoy la segunda. Se trata, en esta ocasión, del texto preparado y leído por María Jesús García Armesto, siempre disponible en lo tocante a este tipo de actuaciones y actividades; sin ir más lejos, ella fue la que nos ilustró el día 7 de junio, en el Corral de San Guisán, sobre aquellos hechos luctuosos en el bicentenario exacto de los mismos.
Para el "Recorrido romántico" de este año, que fue llevado a cabo con dignidad pero con muchos menos intervinientes que otros años (cuestiones de dinero, al parecer) se le solicitó una reflexión sobre "los reyes de León" en este 1100 aniversario del Reino. La misma fue leída ante el remozado palacio del Conde Luna.
Esperamos que también la disfrutéis.
LA GLORIA DEL REINO
“León tuvo sus días gloriosos, el sol refulgió en una corona; la ciudad fue Corte y, al serlo, lo fue todo. Categoría histórica, riqueza, poderío arte… gentes de armas que llevan gentileza, gentes eclesiásticas que llevan tradición y autoridad… Donde el Rey estaba todo florecía como en los cuentos de hadas.”
Que estas palabras de Mariano Domínguez Berrueta sirvan de pórtico a una breve reflexión sobre nuestro antiguo Reino, tan romántica como evocadora. Porque, ¿qué hay más hermoso que recordar el tiempo pasado con los atavíos de la poesía y la leyenda?
Hemos tenido bravos reyes, hermosas reinas, doctos y santos obispos, leales caballeros, pero también monarcas enfermizos y débiles, condes fementidos y traidores, infantas sibilinas…; de todo ha habido en el Reino. No obstante al paso de los siglos, el peso de la historia va difuminando los colores, el polvo del tiempo va borrando los contornos de vidas y haciendas y no nos queda más remedio que completar los hechos históricos ciertos con la imaginación y la intuición.
Fueron épocas remotas y difíciles cuando García I, hijo de Alfonso III, el Magno, en el año 909, convirtió a León en Sede Regia, capitalidad confirmada por su hermano Ordoño II. Reyes y reinas de una dinastía astur-leonesa que finalizó en 1037 cuando Bermudo III fue derrotado y pereció en la batalla de Tamarón. Al abrir hace unos años, las tumbas del Panteón de Reyes de la Basílica de San Isidoro, para su estudio, se pudo comprobar “in situ” lo cruenta que debió ser la citada contienda: los huesos de Bermudo que aún conservaban adheridos algunos restos de carne momificada, se encontraban marcados por numerosos cortes de espadas y hachas de combate, con las que le habían masacrado sus enemigos.
A rey muerto, rey puesto. La hermana de Bermudo, Sancha, casada con Fernando I, vencedor de la citada batalla de Tamarón, transmitirá los derechos dinásticos y juntos iniciarán una nueva dinastía, la navarra, que mantendrá la capitalidad legionense hasta la muerte de Alfonso IX, en 1230.
Por proximidad familiar y según noticia aparecida en los medios de comunicación, dentro de los actos conmemorativos del 1.100 Aniversario del Reino de León, a partir del próximo día 2 de julio, se va a poder contemplar en el Palacio de los Condes de Luna, una réplica exacta del cáliz que mandó elaborar a los orífices reales, en el siglo XI, doña Urraca, hija del Rey Fernando I, joya del museo de San Isidoro de León.
Al analizar la trayectoria de los Reyes Leoneses es curioso comprobar cómo las dificultades de los primeros tiempos tuvieron un claro reflejo en la duración de los reinados. De los catorce monarcas que constituyeron la dinastía puramente leonesa, sólo cuatro de ellos ocuparon el trono durante luengos años: Alfonso V, el Noble que reinó veintinueve años. Ramiro II, veinte años. Ramiro III, diecinueve años y Bermudo II, catorce años. Los reyes restantes tuvieron, en su mayoría reinados, de corta duración. En el quicio de ambos grupos estaría Ordoño II, que permaneció una década en el trono.
Muestra de la brevedad de sus reinados y vidas es que en diversas ocasiones, fueron reyes varios hijos del monarca precedente.
García I (910-914), Ordoño II (914-924) y Fruela II (924-925), los tres hermanos e hijos de Alfonso III.
Sancho Ordóñez (926), Alfonso IV, el Monje (925-931) y Ramiro II, el Grande (931-950), los tres hermanos e hijos de Ordoño II.
Ordoño III (951-956), Sancho I, el Craso (956-958 y 960-966), hermanastros, hijos de Ramiro II.
Sin embargo, si analizamos a los siete reyes de la dinastía navarra podemos ver la amplitud de los mismos y la transición natural de padres a hijos al estar más asentado el poder real y más alejadas las fronteras de Al-Andalus:
Fernando I y Sancha (1037-1065), 28 años.
Alfonso VI (1065-1072 y 1072-1109), 44 años.
Alfonso VII, el Emperador (1126-1157), 31 años.
Fernando II (1157-1188), 31 años.
Alfonso VIII/IX (1188-1230), 42 años.
Reyes e infantas fundaron monasterios e iglesias, fomentaron los scriptorios medievales, fueron los promotores de los bellísimos Beatos, imprescindibles explicaciones mágicamente iluminadas de los crípticos textos del Apocalipsis de San Juan, máxime considerando que el terror al fin del mundo, al aproximarse el año 1000 se propagó con angustia opresora por toda la cristiandad.
En León, el 11 de octubre del año 999 fue ungido rey Alfonso V, el Noble, que a la sazón contaba con 5 tiernos añitos, en la Iglesia Catedral de Santa María. Se eligió como regente al conde gallego, Menendo González y, a los dos años de la coronación, en el año 1001, un gran ejército musulmán al mando de Almanzor se pertrechó para atacar a los Reinos cristianos…
Almanzor fue considerado el Anticristo por la Cristiandad; ya en tiempos del anterior rey, Bermudo II, el Gotoso, había asediado y conquistado León, a pesar de las impresionantes murallas que aún se alzaban de la antigua ciudad romana.
Las oraciones se impusieron, grupos de disciplinantes deambulaban por los campos implorando piedad y cantando el "Miserere mei, Domine", los ayunos y las penitencias surgieron como flores de amargura por doquier, el hambre, la guerra y las enfermedades, como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, se expandieron cual sombra tenebrosa por todo el Reino…
Las súplicas fueron escuchadas y el Anticristo cayó: Leoneses, castellanos y navarros se unieron y por esa unión Almanzor fue derrotado y herido en la legendaria batalla de Calatañazor. Almanzor fallecería en la ciudad de Medinaceli el 9 de agosto del año 1002.
Durante más de trescientos años, León no fue sólo la Sede Regia sino la heredera de la legitimidad monárquica del Reino Visigodo refugiado en las montañas cantábricas, como último reducto frente a los ejércitos agarenos. León se constituyó en el baluarte de la España cristiana y qué mejor emplazamiento para el cuerpo del Santo Isidoro, trasladado a León, desde Sevilla, en 1063, por iniciativa del Rey Fernando I, para confirmarla como sede de la espiritualidad y del saber hispánico.
En la Catedral de Santa María, centro de la grandeza hispana, las Cortes de León proclamaron emperador a Alfonso VII y le coronaron como tal el día de Pascua de Pentecostés del año 1135 y quiero resaltar que es el único Emperador que hemos tenido, ya que Carlos V también lo fue, pero de Alemania, Rey de España y Emperador de Alemania.
Otro Alfonso, el IX, convocó en 1188, en el Claustro de San Isidoro de León, por primera vez no sólo en la Península, sino en toda Europa, una Curia Regia a la que asistieron representantes de villas y ciudades, además de la nobleza y el clero; y hemos tenido que esperar más de mil años para que un historiador australiano/británico, John Keane, haya difundido internacionalmente la realidad de que la Curia Regia de 1188 fue el primer ejemplo de parlamentarismo medieval anterior a la Carta Magna del Rey de Inglaterra, Juan sin Tierra, hermano menor de Ricardo Corazón de León. El conjunto de normas que en la Carta Magna Leonesa se explicitan amplían los Fueros de Alfonso V, de 1020 y representan un gran avance en la protección legal de los ciudadanos frente a los potenciales abusos de nobles, clérigos y hasta del propio Rey.
Estas viejas y amuralladas ciudades son señoras, porque de reyes nacieron y entre reyes crecieron y de casta les viene el señorío. El abolengo es la sustancia de nuestra aristocrática tradición de hidalguía. El abolengo quedó en los restos de los antiguos palacios regios, especialmente en dos de estos conjuntos palaciales: el articulado en torno a San Isidoro y el que se elevó en la zona en la que nos encontramos, cuando Ordoño II donó al Obispo Frunimio II (915-928) su "domos et palatia" para, sobre él, elevar la Catedral de Santa María. Este mismo rincón de la antigua León siempre se ha denominado Palat del Rey y dentro del enclave áulico se encontraba propiamente el palacio real, así como numerosas dependencias necesarias en una Corte Regia, incluido el antiguo Monasterio de San Salvador de Palat del Rey.
El actual Palacio de los Condes de Luna formaba parte de este complejo regio, con el nombre de “cámaras del Rey”. Al paso de los siglos el apelativo se mantuvo y así llegamos a la Baja Edad Media, época en la que el edificio pasó a poder de la Familia Quiñones, Adelantados y Merinos Mayores de León y Asturias. Las obras de la actual parte gótica del palacio fueron iniciadas por Diego Fernández de Quiñones, en la primera mitad del siglo XV. De aquí salió Suero de Quiñones, en 1434, para llevar a cabo su lance de esclavitud amorosa por doña Leonor de Tovar , en el famoso Passo Honroso en el Puente del Órbigo.
La ampliación del palacio con la torre renacentista fue iniciativa del conde Claudio de Quiñones que buscó modelos toscanos para su palacio. Su hijo y heredero, Luis de Quiñones pudo continuar con las costosas obras, gracias a haber contraído nupcias con María, hija y heredera del conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés.
Su hija, Catalina de Quiñones y Cortés, finalizará la torre renacentista, quedando una segunda prevista en colocación simétrica con la existente al otro lado del palacio, en los cimientos, por carecer de interés y medios los posteriores Condes de Luna.
Las armas de los Quiñones y los Bazán presiden la fachada y en el palacio residió años más tarde otro Suero de Quiñones y Zúñiga, Regidor perpetuo de la ciudad de León y a quien inmortalizó Tirso de Molina, en 1624, en su obra “Los Cigarrales de Toledo”.
Los vestigios de los grandes palacios y monasterios, antes de retornar al polvo de la nada han optado por transformarse en recintos útiles. Todos recordamos los años en que los bajos del palacio se emplearon como almacén de frutas…, el abolengo al peso…
No puedo por menos de recordar la figura del monje que en la tumba de Ordoño II, en la Catedral de Santa María, sostiene en sus manos una pequeña cartela en la que se lee ASPICE, mira, observa… Sic transit gloria mundi, los restos del rey en su sepulcro y las cestas de legumbres ornando el palacio de los orgullosos Quiñones.
Item más, el palacio de los marqueses de Villasinda es un hotel, el de los Torreblanca, una sociedad recreativa, el de los marqueses de San Isidro un paredón, el palacio de los Osorios una casa de vecindad y como colmo del abandono el que fuera palacio de Enrique II de Trastamara en la calle de la Rúa, un arrasado solar.
Afortunadamente, no todo se ha perdido y el Palacio de los Condes de Luna es un ejemplo de rehabilitación modélica, a imitar en otros edificios históricos porque como dice un refrán popular “El que tuvo, retuvo”, a pesar del abandono y de la destrucción. Para finalizar, cito como al inicio, a Domínguez Berrueta “aún conserva León lo bastante para embrujar -enhechizar, decía Cervantes- a todos los espíritus dotados de sensibilidad para la poesía de las ruinas beckerianas, para el aroma de las leyendas caballerescas, para el néctar de los saberes y los sentires. ¡Vieja y noble ciudad…tú no puedes morir!
Hasta el grajo que, al caer la tarde, se coloca bizarramente en la cola del gallo de San Isidoro, siente el orgullo de respirar el aire de una ciudad ilustre, y bien puede estar satisfecho de su vida de prócer, porque ha pasado el día entre el brocado de piedra que labró Jusquín en la torre del reloj de una asombrosa Catedral y va a dormir en unos prados que cantó Lope de Vega.
Al menos mientras el gallo dorado siga vigilando sobre la fuerte torre de San Isidoro y la campana Froilana siga diciendo, con grave voz, lenta y pausada, desde lo alto de la Catedral, la oración de la mañana.
¡León, ciudad regia e imperial… tú no puedes morir!
Para el "Recorrido romántico" de este año, que fue llevado a cabo con dignidad pero con muchos menos intervinientes que otros años (cuestiones de dinero, al parecer) se le solicitó una reflexión sobre "los reyes de León" en este 1100 aniversario del Reino. La misma fue leída ante el remozado palacio del Conde Luna.
Esperamos que también la disfrutéis.
LA GLORIA DEL REINO
“León tuvo sus días gloriosos, el sol refulgió en una corona; la ciudad fue Corte y, al serlo, lo fue todo. Categoría histórica, riqueza, poderío arte… gentes de armas que llevan gentileza, gentes eclesiásticas que llevan tradición y autoridad… Donde el Rey estaba todo florecía como en los cuentos de hadas.”
Que estas palabras de Mariano Domínguez Berrueta sirvan de pórtico a una breve reflexión sobre nuestro antiguo Reino, tan romántica como evocadora. Porque, ¿qué hay más hermoso que recordar el tiempo pasado con los atavíos de la poesía y la leyenda?
Hemos tenido bravos reyes, hermosas reinas, doctos y santos obispos, leales caballeros, pero también monarcas enfermizos y débiles, condes fementidos y traidores, infantas sibilinas…; de todo ha habido en el Reino. No obstante al paso de los siglos, el peso de la historia va difuminando los colores, el polvo del tiempo va borrando los contornos de vidas y haciendas y no nos queda más remedio que completar los hechos históricos ciertos con la imaginación y la intuición.
Fueron épocas remotas y difíciles cuando García I, hijo de Alfonso III, el Magno, en el año 909, convirtió a León en Sede Regia, capitalidad confirmada por su hermano Ordoño II. Reyes y reinas de una dinastía astur-leonesa que finalizó en 1037 cuando Bermudo III fue derrotado y pereció en la batalla de Tamarón. Al abrir hace unos años, las tumbas del Panteón de Reyes de la Basílica de San Isidoro, para su estudio, se pudo comprobar “in situ” lo cruenta que debió ser la citada contienda: los huesos de Bermudo que aún conservaban adheridos algunos restos de carne momificada, se encontraban marcados por numerosos cortes de espadas y hachas de combate, con las que le habían masacrado sus enemigos.
A rey muerto, rey puesto. La hermana de Bermudo, Sancha, casada con Fernando I, vencedor de la citada batalla de Tamarón, transmitirá los derechos dinásticos y juntos iniciarán una nueva dinastía, la navarra, que mantendrá la capitalidad legionense hasta la muerte de Alfonso IX, en 1230.
Por proximidad familiar y según noticia aparecida en los medios de comunicación, dentro de los actos conmemorativos del 1.100 Aniversario del Reino de León, a partir del próximo día 2 de julio, se va a poder contemplar en el Palacio de los Condes de Luna, una réplica exacta del cáliz que mandó elaborar a los orífices reales, en el siglo XI, doña Urraca, hija del Rey Fernando I, joya del museo de San Isidoro de León.
Al analizar la trayectoria de los Reyes Leoneses es curioso comprobar cómo las dificultades de los primeros tiempos tuvieron un claro reflejo en la duración de los reinados. De los catorce monarcas que constituyeron la dinastía puramente leonesa, sólo cuatro de ellos ocuparon el trono durante luengos años: Alfonso V, el Noble que reinó veintinueve años. Ramiro II, veinte años. Ramiro III, diecinueve años y Bermudo II, catorce años. Los reyes restantes tuvieron, en su mayoría reinados, de corta duración. En el quicio de ambos grupos estaría Ordoño II, que permaneció una década en el trono.
Muestra de la brevedad de sus reinados y vidas es que en diversas ocasiones, fueron reyes varios hijos del monarca precedente.
García I (910-914), Ordoño II (914-924) y Fruela II (924-925), los tres hermanos e hijos de Alfonso III.
Sancho Ordóñez (926), Alfonso IV, el Monje (925-931) y Ramiro II, el Grande (931-950), los tres hermanos e hijos de Ordoño II.
Ordoño III (951-956), Sancho I, el Craso (956-958 y 960-966), hermanastros, hijos de Ramiro II.
Sin embargo, si analizamos a los siete reyes de la dinastía navarra podemos ver la amplitud de los mismos y la transición natural de padres a hijos al estar más asentado el poder real y más alejadas las fronteras de Al-Andalus:
Fernando I y Sancha (1037-1065), 28 años.
Alfonso VI (1065-1072 y 1072-1109), 44 años.
Alfonso VII, el Emperador (1126-1157), 31 años.
Fernando II (1157-1188), 31 años.
Alfonso VIII/IX (1188-1230), 42 años.
Reyes e infantas fundaron monasterios e iglesias, fomentaron los scriptorios medievales, fueron los promotores de los bellísimos Beatos, imprescindibles explicaciones mágicamente iluminadas de los crípticos textos del Apocalipsis de San Juan, máxime considerando que el terror al fin del mundo, al aproximarse el año 1000 se propagó con angustia opresora por toda la cristiandad.
En León, el 11 de octubre del año 999 fue ungido rey Alfonso V, el Noble, que a la sazón contaba con 5 tiernos añitos, en la Iglesia Catedral de Santa María. Se eligió como regente al conde gallego, Menendo González y, a los dos años de la coronación, en el año 1001, un gran ejército musulmán al mando de Almanzor se pertrechó para atacar a los Reinos cristianos…
Almanzor fue considerado el Anticristo por la Cristiandad; ya en tiempos del anterior rey, Bermudo II, el Gotoso, había asediado y conquistado León, a pesar de las impresionantes murallas que aún se alzaban de la antigua ciudad romana.
Las oraciones se impusieron, grupos de disciplinantes deambulaban por los campos implorando piedad y cantando el "Miserere mei, Domine", los ayunos y las penitencias surgieron como flores de amargura por doquier, el hambre, la guerra y las enfermedades, como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, se expandieron cual sombra tenebrosa por todo el Reino…
Las súplicas fueron escuchadas y el Anticristo cayó: Leoneses, castellanos y navarros se unieron y por esa unión Almanzor fue derrotado y herido en la legendaria batalla de Calatañazor. Almanzor fallecería en la ciudad de Medinaceli el 9 de agosto del año 1002.
Durante más de trescientos años, León no fue sólo la Sede Regia sino la heredera de la legitimidad monárquica del Reino Visigodo refugiado en las montañas cantábricas, como último reducto frente a los ejércitos agarenos. León se constituyó en el baluarte de la España cristiana y qué mejor emplazamiento para el cuerpo del Santo Isidoro, trasladado a León, desde Sevilla, en 1063, por iniciativa del Rey Fernando I, para confirmarla como sede de la espiritualidad y del saber hispánico.
En la Catedral de Santa María, centro de la grandeza hispana, las Cortes de León proclamaron emperador a Alfonso VII y le coronaron como tal el día de Pascua de Pentecostés del año 1135 y quiero resaltar que es el único Emperador que hemos tenido, ya que Carlos V también lo fue, pero de Alemania, Rey de España y Emperador de Alemania.
Otro Alfonso, el IX, convocó en 1188, en el Claustro de San Isidoro de León, por primera vez no sólo en la Península, sino en toda Europa, una Curia Regia a la que asistieron representantes de villas y ciudades, además de la nobleza y el clero; y hemos tenido que esperar más de mil años para que un historiador australiano/británico, John Keane, haya difundido internacionalmente la realidad de que la Curia Regia de 1188 fue el primer ejemplo de parlamentarismo medieval anterior a la Carta Magna del Rey de Inglaterra, Juan sin Tierra, hermano menor de Ricardo Corazón de León. El conjunto de normas que en la Carta Magna Leonesa se explicitan amplían los Fueros de Alfonso V, de 1020 y representan un gran avance en la protección legal de los ciudadanos frente a los potenciales abusos de nobles, clérigos y hasta del propio Rey.
Estas viejas y amuralladas ciudades son señoras, porque de reyes nacieron y entre reyes crecieron y de casta les viene el señorío. El abolengo es la sustancia de nuestra aristocrática tradición de hidalguía. El abolengo quedó en los restos de los antiguos palacios regios, especialmente en dos de estos conjuntos palaciales: el articulado en torno a San Isidoro y el que se elevó en la zona en la que nos encontramos, cuando Ordoño II donó al Obispo Frunimio II (915-928) su "domos et palatia" para, sobre él, elevar la Catedral de Santa María. Este mismo rincón de la antigua León siempre se ha denominado Palat del Rey y dentro del enclave áulico se encontraba propiamente el palacio real, así como numerosas dependencias necesarias en una Corte Regia, incluido el antiguo Monasterio de San Salvador de Palat del Rey.
El actual Palacio de los Condes de Luna formaba parte de este complejo regio, con el nombre de “cámaras del Rey”. Al paso de los siglos el apelativo se mantuvo y así llegamos a la Baja Edad Media, época en la que el edificio pasó a poder de la Familia Quiñones, Adelantados y Merinos Mayores de León y Asturias. Las obras de la actual parte gótica del palacio fueron iniciadas por Diego Fernández de Quiñones, en la primera mitad del siglo XV. De aquí salió Suero de Quiñones, en 1434, para llevar a cabo su lance de esclavitud amorosa por doña Leonor de Tovar , en el famoso Passo Honroso en el Puente del Órbigo.
La ampliación del palacio con la torre renacentista fue iniciativa del conde Claudio de Quiñones que buscó modelos toscanos para su palacio. Su hijo y heredero, Luis de Quiñones pudo continuar con las costosas obras, gracias a haber contraído nupcias con María, hija y heredera del conquistador del Imperio Azteca, Hernán Cortés.
Su hija, Catalina de Quiñones y Cortés, finalizará la torre renacentista, quedando una segunda prevista en colocación simétrica con la existente al otro lado del palacio, en los cimientos, por carecer de interés y medios los posteriores Condes de Luna.
Las armas de los Quiñones y los Bazán presiden la fachada y en el palacio residió años más tarde otro Suero de Quiñones y Zúñiga, Regidor perpetuo de la ciudad de León y a quien inmortalizó Tirso de Molina, en 1624, en su obra “Los Cigarrales de Toledo”.
Los vestigios de los grandes palacios y monasterios, antes de retornar al polvo de la nada han optado por transformarse en recintos útiles. Todos recordamos los años en que los bajos del palacio se emplearon como almacén de frutas…, el abolengo al peso…
No puedo por menos de recordar la figura del monje que en la tumba de Ordoño II, en la Catedral de Santa María, sostiene en sus manos una pequeña cartela en la que se lee ASPICE, mira, observa… Sic transit gloria mundi, los restos del rey en su sepulcro y las cestas de legumbres ornando el palacio de los orgullosos Quiñones.
Item más, el palacio de los marqueses de Villasinda es un hotel, el de los Torreblanca, una sociedad recreativa, el de los marqueses de San Isidro un paredón, el palacio de los Osorios una casa de vecindad y como colmo del abandono el que fuera palacio de Enrique II de Trastamara en la calle de la Rúa, un arrasado solar.
Afortunadamente, no todo se ha perdido y el Palacio de los Condes de Luna es un ejemplo de rehabilitación modélica, a imitar en otros edificios históricos porque como dice un refrán popular “El que tuvo, retuvo”, a pesar del abandono y de la destrucción. Para finalizar, cito como al inicio, a Domínguez Berrueta “aún conserva León lo bastante para embrujar -enhechizar, decía Cervantes- a todos los espíritus dotados de sensibilidad para la poesía de las ruinas beckerianas, para el aroma de las leyendas caballerescas, para el néctar de los saberes y los sentires. ¡Vieja y noble ciudad…tú no puedes morir!
Hasta el grajo que, al caer la tarde, se coloca bizarramente en la cola del gallo de San Isidoro, siente el orgullo de respirar el aire de una ciudad ilustre, y bien puede estar satisfecho de su vida de prócer, porque ha pasado el día entre el brocado de piedra que labró Jusquín en la torre del reloj de una asombrosa Catedral y va a dormir en unos prados que cantó Lope de Vega.
Al menos mientras el gallo dorado siga vigilando sobre la fuerte torre de San Isidoro y la campana Froilana siga diciendo, con grave voz, lenta y pausada, desde lo alto de la Catedral, la oración de la mañana.
¡León, ciudad regia e imperial… tú no puedes morir!
María Jesús G. Armesto
León, 22 de junio de 2010
León, 22 de junio de 2010
miércoles, junio 23, 2010
Recorrido romántico 2010 (1ª entrega)
Como muchos de nuestros lectores saben, en los días próximos a San Juan, desde hace ya 40 añazos, tiene lugar el denominado Recorrido Romántico, Miguel Delgado (en recuerdo de su promotor). En el mismo, se mezclan prosa y poesía (a veces también teatro y música), alrededor de un motivo común: en este caso, no podía ser de otro modo, la reflexión de prosistas y poetas se centró en el Reino de León.
Con el agradecimiento de siempre, os copiamos aquí las intervenciones de los prosistas de este año, dado que mucha gente no pudo, seguramente, asistir y a otros, simplemente, les apetece tenerlo o disfrutarlo despacio.
A continuación, y respetando el orden de intervención en el paseo, el texto leído por Hermenegildo López, tan asiduo en estas labores de divulgación de nuestra cultura y de la reivindicación leonesa, ante las ruinas lamentables del que fuera palacio de los Trastamara, en la leonesa calle de la Rua.
POKER DE REINAS
Tal y como han evolucionado los acontecimientos, 1.100 años después de su nacimiento oficial con la coronación de García I, el canto del cisne del Reino de León parece asentarse ya, curiosamente, como el acontecimiento más importante de toda su historia; por lo mismo, el último de los reyes privativos de este reino que fue imperio se ha configurado como el eje vertebrador de la mayor parte de las proclamas, arengas, peroratas, conferencias y exposiciones, de estos fastos con incontestable y quizá provocada sordina. No es éste el momento, en cómplice y romántico atardecer, para juzgar lo que, a no tardar, pasará por el tamiz del juez más inexorable: el tiempo. De cualquier modo, habrán adivinado sin esfuerzo el personaje al que me refiero, pues, en efecto, aludimos al último de los Alfonsos leoneses, el que debió ser el octavo y terminó, por arte de magia histórica, siendo titulado el noveno. Curioso, sin embargo, puesto que en un arriesgado paralelismo con los mandamientos, y en lo tocante a “no desear la mujer del prójimo”, como rezaba antaño el catecismo del Padre Astete, nuestro Alfonso no fue precisamente un modelo a imitar. A ello vamos.
Pues bien, aunque en salomónico pero tambien en nada cruento reparto me haya correspondido glosar hoy la figura de alguna de las reinas leonesas, no me resisto entonces a la corriente alfonsina que nos lleva; es más, sumaré la fuerza de mi prosa a los remos de esta barca, intentando llevar un manojo breve de ideas, a la orilla deseada de la memoria histórica de este pueblo. Procedamos entonces con Alfonso o más bien, para cumplir con el guión, con algunas de las mujeres que hicieron camino con este rey tan especial, al menos para quien les habla.
Intrigas y palacio son vocablos que parecen condenados a entenderse en extraña sinonimia; de eso supo bastante nuestro buen rey y además desde sus primeros años. El matrimonio de su padre con Urraca de Portugal, hija de Alfonso Enriquez, el primer rey de este nuevo país, nacido, en doloroso parto, de las entrañas del Reino de León, fue anulado por el papa Alejandro III, en 1175. El infante, alumbrado en Zamora el 15 de agosto de 1171, solo contaba, entonces, cuatro años. Urraca, probablemente poco interesada en jugar partida alguna, ingresa como freira en la Orden de San Juan de Jerusalén y, discretamente, se retira de la primera linea de la escena hacia las posesiones zamoranas que le habían sido concedidas por su esposo Fernando. Posteriormente se encerrará en el monasterio de Santa María de Wamba donde reposa para siempre, desde octubre de 1188. ¿Les suena el año, verdad? Tan solo abandonará su entierro en vida para asistir al triunfo de su hijo, a su coronación en la urbe regia ese mismo 1188, el día 4 de mayo y tan solo ese día se permitirá, de nuevo, actuar como triunfante reina confirmando, con el nuevo rey, los privilegios concedidos por su esposo a la Orden de Santiago. Tenía solamente 37 años y parecía haber esperado ese momento para despedirse del mundo.
De una Urraca a otra Urraca y sigamos barajando las cartas de nuestra cada vez más enmarañada partida; si en la primera hemos adivinado discreción y renuncia, en la segunda no encontraremos más que intrigas y maquinaciones. Tras el breve segundo matrimonio de Fernando con Teresa Fernandez de Traba que muere, dos años después de su boda tratando de alumbrar un hijo, ya comienza a rondar palacio y lecho la castellana Urraca Lopez de Haro.
Había llegado con experiencia marital previa, indudable merito curricular, e, instalada en la corte como amante oficial del rey, de quien recibe dádivas y posesiones, además de cargos varios para sus familiares (nada nuevo bajo el sol, constatarían algunos), le dará incluso un hijo antes de exigirle pasar por el altar, cuando ya la salud de Fernando declinaba de manera irreversible; y aunque la muerte de aquel primer infante truncó, por momentos, sus sueños de reina madre, tras un nuevo intento fallido, parece que, por fin, la suerte le favorece en la partida con un as triunfador: Sancho, que nace en 1186 y que goza de buena salud. El heredero, Alfonso, se convertiría, entonces, aún más si cabe, en el objeto de sus odios y en el destino de sus más abyectas intrigas. Y si la difamación no le permitió alcanzar sus objetivos, pues había intentado desactivar sus derechos de herencia argumentando la anulación del primer matrimonio, quizás el veneno se convirtiera en un medio mucho más seguro para allanar el camino de sus obsesiones. Lucas de Tuy relata incluso un milagro del Santo Isidoro que cura de un extraño mal al infante; para mí tengo yo que la explicación es bastante más simple. Alejado de palacio y confiado a los cuidados de la familia de Juan Arias, yerno del famoso Fernando Pérez de Traba, que se había encargado de educar a los últimos reyes de León, allá por las tierras brumosas de la Galicia del arzobispo Gelmírez, el niño se recupera con sorprendente rapidez.
La castellana Urraca, que, por momentos, había conseguido hacer desterrar al infante de palacio, intenta un último movimiento de jaque al príncipe, a la muerte de Fernando, mas, falta de apoyos, vuelve humillada a su tierra y, temerosa, también este defecto es patrimonio de los envidiosos, confía la defensa de sus propiedades en tierras de León a su hermano Diego López II de Haro en quien pretendió aglutinar un intento de rebelión contra el legítimo heredero, que a su pesar tampoco prosperó.
Poco a poco su figura se desvanece en la historia y hacia 1222 la encontramos en el Monasterio de las Huelgas donde profesa como religiosa; probablemente ello es debido a que, dos años antes, el 25 de agosto, su hijo, el infante Sancho Fernández de León había muerto en lucha contra un oso durante una cacería en la localidad de Cañamero.
En el devenir de Alfonso se habían cruzado ya, sin embargo, algunas otras mujeres, estas relacionadas directamente con su propia persona. Hay que decir, no obstante, que dadas las apremiantes necesidades de asegurar las fronteras de su reino, se imponía, incluso en sus amores o amoríos, una política que, en el lenguaje de nuestros días denominaríamos “las razones de Estado” ¡Cómo chirrían estas palabras en los oídos de los actuales leoneses! ¿Verdad? A pesar de todo, entonces, ante matrimonios mal avenidos, existían, al menos, algunas esperanzas de anulación…
Mas, dejemos estos paralelismos trascendentes y volvamos a nuestra partida de poker. Imitando, entonces, a su padre, en 1191, se había casado con su prima, la infanta Teresa de Portugal y Barcelona, hija del rey Sancho I de Portugal y de Dulce de Aragón. Educada en los valores cristianos y en la disciplina de la corte, Teresa no se planteaba siquiera una vocación de madre y había mostrado incluso deseos de consagrarse a Dios. Aquí también, y para ella, se impuso el sacrificio y la obediencia en beneficio del reino portugués y así, a los 16 años, asumirá resignada su nuevo destino: ser reina de León.
Una verdadera santa, os digo, y modelo de mujer de aquella época esta Teresa; sin embargo, el matrimonio, tras cuatro fructíferos años y tres infantes reales, Fernando, Sancha y Dulce, fue declarado nulo por el papa Celestino III, a pesar de las intercesiones sostenidas por la iglesia local. ¿Y qué sería luego de esta su primera esposa? Como hemos visto en su madre, la esposa de Alfonso profesará como religiosa, cisterciense en este caso, en el monasterio de San Benito de Lorbao, no lejos de Coimbra. Allí morirá en 1250 y a la edad nada común para la época de 75 años.
Pero retrocedamos de nuevo hasta 1197, dos años escasos después de la anulación de su primer matrimonio; en el intento, ahora, de consolidar sus fronteras por el Este, siempre belicoso, aceptará, según determinaba el tratado de Tordehumos y no de buen grado, un nuevo matrimonio: el de la infanta Berenguela de Castilla, hija del denominado Alfonso VIII (III, como mucho, en la lista de los Alfonsos castellanos) y de Leonor de Plantagenet. De este matrimonio nacieron cinco hijos; entre otros, el futuro rey Fernando y el infante Alfonso de Molina, padre de la que será también reina, María de Molina, casada con Sancho IV, el Bravo.
Seis años durará este enlace, condenado, desde sus inicios, al fracaso, a causa del parentesco de los contrayentes. Así lo determinó Inocencio III y este hecho es el detonante de nuevos disturbios en la frontera de ambos reinos, siempre observándose de reojo y de manera harto desconfiada.
¿Acaso, entonces, la historia del padre se repite, despiadada, también en el hijo? Calcada, oiga, podríamos afirmar. Si Fernando tuvo una prudente esposa, además portuguesa, en su primer matrimonio, por extensión también anulado, otro tanto podríamos decir, sino más, de su sucesor Alfonso. Hasta el punto que su cónyuge seria posteriormente canonizada; en concreto el 13 de diciembre de 1705 por el papa Clemente XI. Por cierto y como recordatorio, hace apenas cinco días que la iglesia celebraba su fiesta, Santa Teresa de Portugal, el 17 de junio.
¿Mas qué decir de la segunda esposa de ambos? Ya hemos señalado nuestra opinión sincera sobre Urraca López de Haro y no está muy lejos la misma de la que mantenemos sobre Berenguela, a pesar de la glosa casi hagiográfica que sobre ella viene haciendo alguna “historia oficial”; ésta, es cierto y hay que concedérselo así, mucho más hábil en sus maniobras y perfecta dominadora de los tiempos y del juego sutil de la diplomacia. Sin duda, también ella conocía su objetivo y, en este caso, fue incluso ayudada por la suerte. El heredero, Fernando, muere en 1214, lo que despeja el camino de sus intereses.
Berenguela, como antaño Urraca, se vuelve a Castilla, pero en este caso no se encontrará ni sola ni abandonada; la respalda su padre, el otro Alfonso, enemigo jurado de León y paradigma de toda una saga de rencorosos profesionales contra este reino que sufre desde hace demasiado tiempo los embates de un innegable complejo de Edipo por parte de aquellos a los que engendró y que parecen necesitar de un padre muerto para afirmarse en su propia existencia; lamentable actitud, convendrán conmigo.
Mas dejemos que la vida fluya y que Alfonso encuentre ahora consuelo entre los brazos de otras mujeres; en un apretado resumen les recuerdo que mantuvo relaciones con Inés Iñíguez de Mendoza, con Teresa Gil que le dará cuatro hijos, con la portuguesa Aldonza Rodríguez de Silva con la que tuvo hasta 6, con Estefánia Pérez de Limia (cinco hijos) y se citan algunos otros descendientes cuya madre aún se desconoce.
Pero vayamos ya con el desenlace, bien conocido, de la partida. Berenguela, a quien no pretendemos acusar de instigadora de asesinato, líbrenos Dios, pero que se beneficia inequívocamente de un desgraciado accidente, poco explicado y que causa la muerte (otra más) de su hermano Enrique, tiene, sin embargo una bien ganada fama de metomeentodo; hasta tal punto es así que, durante la conquista de Sevilla, el cronista hará exclamar a Fernando, ante las reiteradas indicaciones y cartas de su madre, “Señora, deje que los hombres nos ocupemos de los asuntos de Estado”.
Pues bien, como consecuencia del nombramiento de Fernando como rey de Castilla, tras la renuncia de Berenguela, su padre Alfonso que no desea la unión de ambas coronas, toma la decisión, inequívocamente expresada, de desheredarlo, dejando dicho que el reino de León quedaría en manos de sus hijas Sancha y Dulce. Así se lo haría jurar, entre otros, al Maestre de Santiago, el cual, acabaría, sin embargo, por quebrantar el juramento. ¿Tendría en ello algo que ver la conquista de las libertades, consecuencia de las Cortes de 1188 y siguientes, por los que serán denominados posteriormente el Tercer Estado? Una parte de aquella sociedad, por lo visto, no estaba madura para los cambios.
Durante demasiado tiempo, muchos historiadores no han tenido empacho en argumentar que, obrando de ese modo, Alfonso “violaba el derecho sucesorio”; desconocían, o mejor ocultaban torticeramente, que León había tenido ya otras reinas y que hasta la propia Berenguela acababa de convertir a Fernando en rey al haber invocado el derecho a suceder a su hermano muerto sin descendencia. Habría que recordar, asimismo, que, desheredado el hermano mayor, varón, quedaba aún un segundo, el infante Alfonso de Molina cuyo candidatura al trono se valoró seriamente, hasta el punto que sus armas recogen un león en el centro con bordura de castillos.
Digamos asimismo que la revisión que se viene llevando a cabo de la figura de nuestro Alfonso ha hecho que, en algunos modernos estudios, se afirme ya sin miedo que Sancha y Dulce deberían ser consideradas reinas de León; permitidme que hoy demos entre todos un paso adelante y digamos en alta voz lo que algunos intelectuales solo se atreven a susurrar en conversaciones de café: la actuación de Berenguela, política de zanahoria y palo, comprando a las legítimas los derechos sucesorios al trono de León en la llamada Concordia de Benavente, pero bajo la amenazadora presencia del ejército de su hijo Fernando, presto a traspasar el Rubicón convertido en Padre Astura, no puede tener otro nombre que el que merece en realidad: aquello debería ser considerado como un verdadero Golpe de Estado contra un poder legítimamente constituido. Así, cambiando las reglas y marcando las cartas no es extraño que Berenguela ganara una partida cuyo fin no hubiera debido ser el que se cuenta ni mucho menos el que se canta. Muchas gracias
Con el agradecimiento de siempre, os copiamos aquí las intervenciones de los prosistas de este año, dado que mucha gente no pudo, seguramente, asistir y a otros, simplemente, les apetece tenerlo o disfrutarlo despacio.
A continuación, y respetando el orden de intervención en el paseo, el texto leído por Hermenegildo López, tan asiduo en estas labores de divulgación de nuestra cultura y de la reivindicación leonesa, ante las ruinas lamentables del que fuera palacio de los Trastamara, en la leonesa calle de la Rua.
POKER DE REINAS
Tal y como han evolucionado los acontecimientos, 1.100 años después de su nacimiento oficial con la coronación de García I, el canto del cisne del Reino de León parece asentarse ya, curiosamente, como el acontecimiento más importante de toda su historia; por lo mismo, el último de los reyes privativos de este reino que fue imperio se ha configurado como el eje vertebrador de la mayor parte de las proclamas, arengas, peroratas, conferencias y exposiciones, de estos fastos con incontestable y quizá provocada sordina. No es éste el momento, en cómplice y romántico atardecer, para juzgar lo que, a no tardar, pasará por el tamiz del juez más inexorable: el tiempo. De cualquier modo, habrán adivinado sin esfuerzo el personaje al que me refiero, pues, en efecto, aludimos al último de los Alfonsos leoneses, el que debió ser el octavo y terminó, por arte de magia histórica, siendo titulado el noveno. Curioso, sin embargo, puesto que en un arriesgado paralelismo con los mandamientos, y en lo tocante a “no desear la mujer del prójimo”, como rezaba antaño el catecismo del Padre Astete, nuestro Alfonso no fue precisamente un modelo a imitar. A ello vamos.
Pues bien, aunque en salomónico pero tambien en nada cruento reparto me haya correspondido glosar hoy la figura de alguna de las reinas leonesas, no me resisto entonces a la corriente alfonsina que nos lleva; es más, sumaré la fuerza de mi prosa a los remos de esta barca, intentando llevar un manojo breve de ideas, a la orilla deseada de la memoria histórica de este pueblo. Procedamos entonces con Alfonso o más bien, para cumplir con el guión, con algunas de las mujeres que hicieron camino con este rey tan especial, al menos para quien les habla.
Intrigas y palacio son vocablos que parecen condenados a entenderse en extraña sinonimia; de eso supo bastante nuestro buen rey y además desde sus primeros años. El matrimonio de su padre con Urraca de Portugal, hija de Alfonso Enriquez, el primer rey de este nuevo país, nacido, en doloroso parto, de las entrañas del Reino de León, fue anulado por el papa Alejandro III, en 1175. El infante, alumbrado en Zamora el 15 de agosto de 1171, solo contaba, entonces, cuatro años. Urraca, probablemente poco interesada en jugar partida alguna, ingresa como freira en la Orden de San Juan de Jerusalén y, discretamente, se retira de la primera linea de la escena hacia las posesiones zamoranas que le habían sido concedidas por su esposo Fernando. Posteriormente se encerrará en el monasterio de Santa María de Wamba donde reposa para siempre, desde octubre de 1188. ¿Les suena el año, verdad? Tan solo abandonará su entierro en vida para asistir al triunfo de su hijo, a su coronación en la urbe regia ese mismo 1188, el día 4 de mayo y tan solo ese día se permitirá, de nuevo, actuar como triunfante reina confirmando, con el nuevo rey, los privilegios concedidos por su esposo a la Orden de Santiago. Tenía solamente 37 años y parecía haber esperado ese momento para despedirse del mundo.
De una Urraca a otra Urraca y sigamos barajando las cartas de nuestra cada vez más enmarañada partida; si en la primera hemos adivinado discreción y renuncia, en la segunda no encontraremos más que intrigas y maquinaciones. Tras el breve segundo matrimonio de Fernando con Teresa Fernandez de Traba que muere, dos años después de su boda tratando de alumbrar un hijo, ya comienza a rondar palacio y lecho la castellana Urraca Lopez de Haro.
Había llegado con experiencia marital previa, indudable merito curricular, e, instalada en la corte como amante oficial del rey, de quien recibe dádivas y posesiones, además de cargos varios para sus familiares (nada nuevo bajo el sol, constatarían algunos), le dará incluso un hijo antes de exigirle pasar por el altar, cuando ya la salud de Fernando declinaba de manera irreversible; y aunque la muerte de aquel primer infante truncó, por momentos, sus sueños de reina madre, tras un nuevo intento fallido, parece que, por fin, la suerte le favorece en la partida con un as triunfador: Sancho, que nace en 1186 y que goza de buena salud. El heredero, Alfonso, se convertiría, entonces, aún más si cabe, en el objeto de sus odios y en el destino de sus más abyectas intrigas. Y si la difamación no le permitió alcanzar sus objetivos, pues había intentado desactivar sus derechos de herencia argumentando la anulación del primer matrimonio, quizás el veneno se convirtiera en un medio mucho más seguro para allanar el camino de sus obsesiones. Lucas de Tuy relata incluso un milagro del Santo Isidoro que cura de un extraño mal al infante; para mí tengo yo que la explicación es bastante más simple. Alejado de palacio y confiado a los cuidados de la familia de Juan Arias, yerno del famoso Fernando Pérez de Traba, que se había encargado de educar a los últimos reyes de León, allá por las tierras brumosas de la Galicia del arzobispo Gelmírez, el niño se recupera con sorprendente rapidez.
La castellana Urraca, que, por momentos, había conseguido hacer desterrar al infante de palacio, intenta un último movimiento de jaque al príncipe, a la muerte de Fernando, mas, falta de apoyos, vuelve humillada a su tierra y, temerosa, también este defecto es patrimonio de los envidiosos, confía la defensa de sus propiedades en tierras de León a su hermano Diego López II de Haro en quien pretendió aglutinar un intento de rebelión contra el legítimo heredero, que a su pesar tampoco prosperó.
Poco a poco su figura se desvanece en la historia y hacia 1222 la encontramos en el Monasterio de las Huelgas donde profesa como religiosa; probablemente ello es debido a que, dos años antes, el 25 de agosto, su hijo, el infante Sancho Fernández de León había muerto en lucha contra un oso durante una cacería en la localidad de Cañamero.
En el devenir de Alfonso se habían cruzado ya, sin embargo, algunas otras mujeres, estas relacionadas directamente con su propia persona. Hay que decir, no obstante, que dadas las apremiantes necesidades de asegurar las fronteras de su reino, se imponía, incluso en sus amores o amoríos, una política que, en el lenguaje de nuestros días denominaríamos “las razones de Estado” ¡Cómo chirrían estas palabras en los oídos de los actuales leoneses! ¿Verdad? A pesar de todo, entonces, ante matrimonios mal avenidos, existían, al menos, algunas esperanzas de anulación…
Mas, dejemos estos paralelismos trascendentes y volvamos a nuestra partida de poker. Imitando, entonces, a su padre, en 1191, se había casado con su prima, la infanta Teresa de Portugal y Barcelona, hija del rey Sancho I de Portugal y de Dulce de Aragón. Educada en los valores cristianos y en la disciplina de la corte, Teresa no se planteaba siquiera una vocación de madre y había mostrado incluso deseos de consagrarse a Dios. Aquí también, y para ella, se impuso el sacrificio y la obediencia en beneficio del reino portugués y así, a los 16 años, asumirá resignada su nuevo destino: ser reina de León.
Una verdadera santa, os digo, y modelo de mujer de aquella época esta Teresa; sin embargo, el matrimonio, tras cuatro fructíferos años y tres infantes reales, Fernando, Sancha y Dulce, fue declarado nulo por el papa Celestino III, a pesar de las intercesiones sostenidas por la iglesia local. ¿Y qué sería luego de esta su primera esposa? Como hemos visto en su madre, la esposa de Alfonso profesará como religiosa, cisterciense en este caso, en el monasterio de San Benito de Lorbao, no lejos de Coimbra. Allí morirá en 1250 y a la edad nada común para la época de 75 años.
Pero retrocedamos de nuevo hasta 1197, dos años escasos después de la anulación de su primer matrimonio; en el intento, ahora, de consolidar sus fronteras por el Este, siempre belicoso, aceptará, según determinaba el tratado de Tordehumos y no de buen grado, un nuevo matrimonio: el de la infanta Berenguela de Castilla, hija del denominado Alfonso VIII (III, como mucho, en la lista de los Alfonsos castellanos) y de Leonor de Plantagenet. De este matrimonio nacieron cinco hijos; entre otros, el futuro rey Fernando y el infante Alfonso de Molina, padre de la que será también reina, María de Molina, casada con Sancho IV, el Bravo.
Seis años durará este enlace, condenado, desde sus inicios, al fracaso, a causa del parentesco de los contrayentes. Así lo determinó Inocencio III y este hecho es el detonante de nuevos disturbios en la frontera de ambos reinos, siempre observándose de reojo y de manera harto desconfiada.
¿Acaso, entonces, la historia del padre se repite, despiadada, también en el hijo? Calcada, oiga, podríamos afirmar. Si Fernando tuvo una prudente esposa, además portuguesa, en su primer matrimonio, por extensión también anulado, otro tanto podríamos decir, sino más, de su sucesor Alfonso. Hasta el punto que su cónyuge seria posteriormente canonizada; en concreto el 13 de diciembre de 1705 por el papa Clemente XI. Por cierto y como recordatorio, hace apenas cinco días que la iglesia celebraba su fiesta, Santa Teresa de Portugal, el 17 de junio.
¿Mas qué decir de la segunda esposa de ambos? Ya hemos señalado nuestra opinión sincera sobre Urraca López de Haro y no está muy lejos la misma de la que mantenemos sobre Berenguela, a pesar de la glosa casi hagiográfica que sobre ella viene haciendo alguna “historia oficial”; ésta, es cierto y hay que concedérselo así, mucho más hábil en sus maniobras y perfecta dominadora de los tiempos y del juego sutil de la diplomacia. Sin duda, también ella conocía su objetivo y, en este caso, fue incluso ayudada por la suerte. El heredero, Fernando, muere en 1214, lo que despeja el camino de sus intereses.
Berenguela, como antaño Urraca, se vuelve a Castilla, pero en este caso no se encontrará ni sola ni abandonada; la respalda su padre, el otro Alfonso, enemigo jurado de León y paradigma de toda una saga de rencorosos profesionales contra este reino que sufre desde hace demasiado tiempo los embates de un innegable complejo de Edipo por parte de aquellos a los que engendró y que parecen necesitar de un padre muerto para afirmarse en su propia existencia; lamentable actitud, convendrán conmigo.
Mas dejemos que la vida fluya y que Alfonso encuentre ahora consuelo entre los brazos de otras mujeres; en un apretado resumen les recuerdo que mantuvo relaciones con Inés Iñíguez de Mendoza, con Teresa Gil que le dará cuatro hijos, con la portuguesa Aldonza Rodríguez de Silva con la que tuvo hasta 6, con Estefánia Pérez de Limia (cinco hijos) y se citan algunos otros descendientes cuya madre aún se desconoce.
Pero vayamos ya con el desenlace, bien conocido, de la partida. Berenguela, a quien no pretendemos acusar de instigadora de asesinato, líbrenos Dios, pero que se beneficia inequívocamente de un desgraciado accidente, poco explicado y que causa la muerte (otra más) de su hermano Enrique, tiene, sin embargo una bien ganada fama de metomeentodo; hasta tal punto es así que, durante la conquista de Sevilla, el cronista hará exclamar a Fernando, ante las reiteradas indicaciones y cartas de su madre, “Señora, deje que los hombres nos ocupemos de los asuntos de Estado”.
Pues bien, como consecuencia del nombramiento de Fernando como rey de Castilla, tras la renuncia de Berenguela, su padre Alfonso que no desea la unión de ambas coronas, toma la decisión, inequívocamente expresada, de desheredarlo, dejando dicho que el reino de León quedaría en manos de sus hijas Sancha y Dulce. Así se lo haría jurar, entre otros, al Maestre de Santiago, el cual, acabaría, sin embargo, por quebrantar el juramento. ¿Tendría en ello algo que ver la conquista de las libertades, consecuencia de las Cortes de 1188 y siguientes, por los que serán denominados posteriormente el Tercer Estado? Una parte de aquella sociedad, por lo visto, no estaba madura para los cambios.
Durante demasiado tiempo, muchos historiadores no han tenido empacho en argumentar que, obrando de ese modo, Alfonso “violaba el derecho sucesorio”; desconocían, o mejor ocultaban torticeramente, que León había tenido ya otras reinas y que hasta la propia Berenguela acababa de convertir a Fernando en rey al haber invocado el derecho a suceder a su hermano muerto sin descendencia. Habría que recordar, asimismo, que, desheredado el hermano mayor, varón, quedaba aún un segundo, el infante Alfonso de Molina cuyo candidatura al trono se valoró seriamente, hasta el punto que sus armas recogen un león en el centro con bordura de castillos.
Digamos asimismo que la revisión que se viene llevando a cabo de la figura de nuestro Alfonso ha hecho que, en algunos modernos estudios, se afirme ya sin miedo que Sancha y Dulce deberían ser consideradas reinas de León; permitidme que hoy demos entre todos un paso adelante y digamos en alta voz lo que algunos intelectuales solo se atreven a susurrar en conversaciones de café: la actuación de Berenguela, política de zanahoria y palo, comprando a las legítimas los derechos sucesorios al trono de León en la llamada Concordia de Benavente, pero bajo la amenazadora presencia del ejército de su hijo Fernando, presto a traspasar el Rubicón convertido en Padre Astura, no puede tener otro nombre que el que merece en realidad: aquello debería ser considerado como un verdadero Golpe de Estado contra un poder legítimamente constituido. Así, cambiando las reglas y marcando las cartas no es extraño que Berenguela ganara una partida cuyo fin no hubiera debido ser el que se cuenta ni mucho menos el que se canta. Muchas gracias
domingo, junio 13, 2010
1100 Aniversario del Reino de León
Ha pasado más de un mes desde la inauguración oficial de los actos de celebración del 1100 Aniversario del Reino de León, a la que acudieron los Reyes y que, curiosamente, en lugar de hacerse en Enero (como creemos hubiera sido lógico) se hizo en Mayo, es decir cuando ya habían pasado cuatro meses completos del año de la celebración.
Lógicamente (en la lógica de la Junta que nos ayunta) no se podía hacer una celebración solo con "esas cosinas de los leoneses" que pretenden celebrar (¡serán pueblerinos y anticuados!) el 1100 Aniversario del Reino medieval más importante de la Península y ¡claro! se sacaron de la manga el entregar a los reyes la medalla del "Este" y León que, como cualquiera puede imaginar, es algo mucho más "universal y moderno" y, además, cumple con la misión de confundir al personal, se habla del "1100 aniversario" y de la medalla de oro de "Castilla y León" y así, para mucha gente poco avisada, la idea tergiversada que le queda es que se celebra el 1100 Aniversario de "Castilla y León" .
La jugada, desde el punto de vista de la Junta, fue magistral. Sin embargo, ningún político ¿leonés?, de absolutamente ningún partido político elevó la más leve protesta por tanta manipulación.
En cualquier caso, y pese a su ingenuidad, no puede decir el Húsar que le extrañe este proceder a pesar de que en menos de un año nos pedirán nuestro voto haciendo abundantes guiños "leonesistas" que, por supuesto, olvidarán en la misma noche de las elecciones.
Lo que sí nos dejaron los asistentes fueron abundantes "perlas" expresadas en diversas frases que iremos comentando en los próximos días ya que siguen estando de plena actualidad.
No quiere el Húsar, sin embargo, acabar este artículo sin dejaros una de las frases pronunciadas por el Rey quien, a pesar de toda la propaganda juntera, es evidente que conoce perfectamente lo que es el Reino de León y lo distingue perfectamente del Engendro que padecemos desde hace 27 años. Siempre es gratificante ver que no todo el mundo ha perdido la memoria.
Juan Carlos I, Rey de España
El Reino de León es un hito histórico en el tránsito a la modernidad. Mis antepasados gobernaron con sentido de Estado en su empeño por hacer del poder un acto compartido.
Lógicamente (en la lógica de la Junta que nos ayunta) no se podía hacer una celebración solo con "esas cosinas de los leoneses" que pretenden celebrar (¡serán pueblerinos y anticuados!) el 1100 Aniversario del Reino medieval más importante de la Península y ¡claro! se sacaron de la manga el entregar a los reyes la medalla del "Este" y León que, como cualquiera puede imaginar, es algo mucho más "universal y moderno" y, además, cumple con la misión de confundir al personal, se habla del "1100 aniversario" y de la medalla de oro de "Castilla y León" y así, para mucha gente poco avisada, la idea tergiversada que le queda es que se celebra el 1100 Aniversario de "Castilla y León" .
La jugada, desde el punto de vista de la Junta, fue magistral. Sin embargo, ningún político ¿leonés?, de absolutamente ningún partido político elevó la más leve protesta por tanta manipulación.
En cualquier caso, y pese a su ingenuidad, no puede decir el Húsar que le extrañe este proceder a pesar de que en menos de un año nos pedirán nuestro voto haciendo abundantes guiños "leonesistas" que, por supuesto, olvidarán en la misma noche de las elecciones.
Lo que sí nos dejaron los asistentes fueron abundantes "perlas" expresadas en diversas frases que iremos comentando en los próximos días ya que siguen estando de plena actualidad.
No quiere el Húsar, sin embargo, acabar este artículo sin dejaros una de las frases pronunciadas por el Rey quien, a pesar de toda la propaganda juntera, es evidente que conoce perfectamente lo que es el Reino de León y lo distingue perfectamente del Engendro que padecemos desde hace 27 años. Siempre es gratificante ver que no todo el mundo ha perdido la memoria.
Juan Carlos I, Rey de España
El Reino de León es un hito histórico en el tránsito a la modernidad. Mis antepasados gobernaron con sentido de Estado en su empeño por hacer del poder un acto compartido.
viernes, junio 04, 2010
Los zamoranos, se sienten leoneses
Nuestros amigos y compañeros del Colectivo Ciudadanos del Reinu de Llión, Mateo del Amo Alonso y Manuel Herrero Alonso, zamoranos ambos, envían el siguiente correo en relación con la encuesta recientemente hecha por La Opinión de Zamora sobre el sentimiento de los zamoranos.
Poco podemos añadir a los resultados de la encuesta, que hablan por sí solos y también poco podemos añadir a la opinión de Ciudadanos del Reinu de Llión, solamente queremos deciros que las negrillas son del Húsar.
¡¡¡Que vos preste!!!
Los zamoranos, se sienten leoneses. Nadie duda de que el resultado de una encuesta es simplemente orientativo, cuestión evidente, como los datos, aún siendo precisos no tienen una validez legal, ni se pueden trasladar a otros supuestos similares, pero hasta la hora que marca un reloj está sujeta a error, quien no tiene un metro a mano, aún sabiendo que no tiene las características del metro patrón de platino iridiado, que guarda el museo de París. Son objetos que nos sirven, que se pueden utilizar, sabiendo de sus particulares condiciones a las que podemos dar una aplicación. Así el resultado de una encuesta, tiene una validez similar. Quien las realiza será por y para algo, otra cosa será que los resultados estén lejanos a lo esperado.
Un medio zamorano, aprovechando las expectativas generadas por la celebración del MC aniversario del Reino de León realizaba con acierto una encuesta. La pregunta inocente fue: Como zamorano se siente... la respuesta masiva y clara LEONES, solo un porcentaje muy pequeño se decanta por otra respuesta..
De poco han servido los esfuerzos políticos para que los habitantes de Castilla y de León se sientan algo distinto a lo que son. No parecen haberlo hecho bien los políticos implicados, empezando por el PP, pero con el consentimiento del PSOE. Que inútil la propaganda, los intentos de modificar la historia en los libros de texto, las teles y las subvenciones. Paradójico que una generación, nacida bajo el yugo del invento, ni siquiera lo reconozca, a pesar de la inversión institucional para intentar implantar al ciudadano otra idea, que se demuestra no cuaja y que jamás será sentimiento.
Queda patente que el material bélico empleado contra el pueblo leonés, intentando hacerle perder su identidad, robando, robando si, su autonomía, la que legítimamente le corresponde de nada ha servido. El concepto básico e indiscutible de la encuesta ha quedado claro, los zamoranos tienen claro el País en el que viven, ahora solo queda reconocerlo oficialmente. Ser zamorano y sentirse leonés, es motivo suficiente para reclamar la correspondiente autonomía, sin incluir el montón de razones, sobradamente conocidas para apoyar, el legitimo derecho de que Salamanca Zamora y León puedan constituirse libremente en comunidad autónoma, de forma legal.
La junta ha fracasado, debemos suponer, y estar preparados para una ofensiva más contundente desde quien ejerce el poder, lastima que desde la oposición quieran seguir siendo mascotas sumisas, sin aspiración por estar en el gobierno, cuando tan solo una apuesta por el leonesismo les podría reportar los votos necesarios para alcanzarlo.
Poco podemos añadir a los resultados de la encuesta, que hablan por sí solos y también poco podemos añadir a la opinión de Ciudadanos del Reinu de Llión, solamente queremos deciros que las negrillas son del Húsar.
¡¡¡Que vos preste!!!
Los zamoranos, se sienten leoneses. Nadie duda de que el resultado de una encuesta es simplemente orientativo, cuestión evidente, como los datos, aún siendo precisos no tienen una validez legal, ni se pueden trasladar a otros supuestos similares, pero hasta la hora que marca un reloj está sujeta a error, quien no tiene un metro a mano, aún sabiendo que no tiene las características del metro patrón de platino iridiado, que guarda el museo de París. Son objetos que nos sirven, que se pueden utilizar, sabiendo de sus particulares condiciones a las que podemos dar una aplicación. Así el resultado de una encuesta, tiene una validez similar. Quien las realiza será por y para algo, otra cosa será que los resultados estén lejanos a lo esperado.
Un medio zamorano, aprovechando las expectativas generadas por la celebración del MC aniversario del Reino de León realizaba con acierto una encuesta. La pregunta inocente fue: Como zamorano se siente... la respuesta masiva y clara LEONES, solo un porcentaje muy pequeño se decanta por otra respuesta..
De poco han servido los esfuerzos políticos para que los habitantes de Castilla y de León se sientan algo distinto a lo que son. No parecen haberlo hecho bien los políticos implicados, empezando por el PP, pero con el consentimiento del PSOE. Que inútil la propaganda, los intentos de modificar la historia en los libros de texto, las teles y las subvenciones. Paradójico que una generación, nacida bajo el yugo del invento, ni siquiera lo reconozca, a pesar de la inversión institucional para intentar implantar al ciudadano otra idea, que se demuestra no cuaja y que jamás será sentimiento.
Queda patente que el material bélico empleado contra el pueblo leonés, intentando hacerle perder su identidad, robando, robando si, su autonomía, la que legítimamente le corresponde de nada ha servido. El concepto básico e indiscutible de la encuesta ha quedado claro, los zamoranos tienen claro el País en el que viven, ahora solo queda reconocerlo oficialmente. Ser zamorano y sentirse leonés, es motivo suficiente para reclamar la correspondiente autonomía, sin incluir el montón de razones, sobradamente conocidas para apoyar, el legitimo derecho de que Salamanca Zamora y León puedan constituirse libremente en comunidad autónoma, de forma legal.
La junta ha fracasado, debemos suponer, y estar preparados para una ofensiva más contundente desde quien ejerce el poder, lastima que desde la oposición quieran seguir siendo mascotas sumisas, sin aspiración por estar en el gobierno, cuando tan solo una apuesta por el leonesismo les podría reportar los votos necesarios para alcanzarlo.
jueves, junio 03, 2010
“SOMOS REYES”: RETRATOS DEL REINO
El próximo sábado, día 5 de junio, a las 11,00 de la mañana en la Biblioteca municipal de Astorgase pone en marcha el Proyecto "Somos Reyes" que con ocasión de la celebración del 1100 Aniversario del Reino de León pone en marcha un grupo de entusiasta artistas leoneses. La cita es una invitación a todos los leoneses que quieran participar en el proyecto y a continuación os dejamos la información facilitada por los organizadores para general conocimiento:
Es un proyecto artístico que pretende poner cara a lo que sabemos de los reyes y reinas de León.
No se quiere hacer una recreación histórica de los personajes. El objetivo es interpretar el carácter, la personalidad, un hecho trascendente o la trayectoria de una vida. El fotógrafo intentará captar un gesto, una mueca o una pose… la esencia de lo que, imaginamos, pudo ser el personaje.
Este es un proyecto abierto a todas las personas que deseen participar y se formará a través de los siguientes elementos:
En fecha aun por determinar se inaugurará una exposición con los retratos y una recopilación de fotos, notas, documentación y relación de participantes. El lugar serála Casa del Sacristán de Astorga y se prolongará hasta final de año.
Podéis ampliar la información sobre este evento en el apartado Información de la página de Facebook de “Somos Reyes”, en el siguiente enlace: (http://www.facebook.com/pages/Somos-Reyes/121939341167828?ref=ts#!/pages/Somos-Reyes/121939341167828?v=info&ref=ts)
Es un proyecto artístico que pretende poner cara a lo que sabemos de los reyes y reinas de León.
No se quiere hacer una recreación histórica de los personajes. El objetivo es interpretar el carácter, la personalidad, un hecho trascendente o la trayectoria de una vida. El fotógrafo intentará captar un gesto, una mueca o una pose… la esencia de lo que, imaginamos, pudo ser el personaje.
Este es un proyecto abierto a todas las personas que deseen participar y se formará a través de los siguientes elementos:
- Página en facebook (http://www.facebook.com/pages/Somos-Reyes/121939341167828?ref=mf#!/pages/Somos-Reyes/121939341167828?ref=ts) para dar a conocer la iniciativa, exponer ideas, dar cuenta de la marcha del proyecto e informar de los resultados.
- Una web (http://www.somosreyes.org/) donde se publicarán las bases de la iniciativa y las conclusiones de lo que vaya ocurriendo.
- Una exposición y posiblemente una publicación (ojalá sean varias)
En fecha aun por determinar se inaugurará una exposición con los retratos y una recopilación de fotos, notas, documentación y relación de participantes. El lugar será
Podéis ampliar la información sobre este evento en el apartado Información de la página de Facebook de “Somos Reyes”, en el siguiente enlace: (http://www.facebook.com/pages/Somos-Reyes/121939341167828?ref=ts#!/pages/Somos-Reyes/121939341167828?v=info&ref=ts)
sábado, mayo 15, 2010
1230: ¿El fin de un sueño o el comienzo de un mito?
Este es el título de la Conferencia que el pasado miércoles, 12 de Mayo, y dentro del III Ciclo de Conferencias Reinu de Llión de la Conceyería de Cultura Llïonesa del Ayuntamiento de León, impartió Hermenegildo López, Catedrático de Filología Moderna de la Universidad de León.
Podríamos hacer sesudos comentarios sobre la misma pero cree el Húsar que lo más atinado es dejar aquí el texto de la conferencia que, si bien es un poco largo, termina sabiéndonos "a poco" cuando llegamos al final.
Gracias Hermenegildo por enviarnos el texto:
INTRODUCCIÓN
“El pasado no predetermina el futuro de los pueblos pero lo condiciona. Todo pueblo que se olvida de su historia está inexorablemente condenado a repetirla. Es más, una colectividad solo cobrará conciencia rigurosa y fiel a su imagen en el espejo de su propio pasado. No por vanagloria ni por autocomplacencia, tampoco por masoquismo. Solo en esa imagen que le devuelva el espejo del pasado puede un pueblo desvelar tanto sus limitaciones cuanto su auténtica potencialidad de futuro”.
Seguramente, todos los presentes suscribirían estas palabras que, con algunas variantes, hemos escuchado, leído o incluso repetido muchas veces, hasta con una cierta dosis de deseo de que así sea, al menos para nosotros; sorpréndanse, sin embargo. Lo que acabo de leer no es mío, ni de ningún escritor leonés ni de ningún político sospechosamente leonesista; se trata de unas palabras, sacadas, tal cual, de un discurso del entonces Presidente de las Cortes de Castilla y León, en la inauguración de aquel infausto Congreso titulado Cortes de Castilla y León, habido en Burgos en 1986 y que comenzaría a representar, una vez más, una mascarada (como la que acabamos de presenciar el pasado día 4 con la programación y la contraprogramación de la Junta que nos malgobierna), la ceremonia de la confusión y la burda manipulación sobre nuestras Cortes Leonesas de 1188; sí, las de un joven Alfonso, llamado desacertadamente el noveno, y que cometió el “error histórico” de convocar antes que nadie y, sobre todo, sin pedir permiso a la Junta de Castilla y León, de convocar, digo, al estamento que más tarde será denominado “el Tercer Estado”, un día de primavera de dicho año 1188 en el recinto de la Iglesia Palatina de la Urbe regia, en la Real Basílica-Colegiata de San Isidoro. Pues bien, estas mismas palabras nos sirven hoy como entrada para esta conferencia o por mejor decir para esta reflexión en voz alta que pretendemos ante ustedes y con ustedes.
Cierto es que, como se alude en ellas, y como suele decirse habitualmente, “el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”, pero también estamos hartos de oír y de constatar que “la historia que traspasa los siglos la escriben los vencedores”; de hecho, conocemos que ya los griegos preferían un historiador que escribiera los hechos a su manera antes que un general que les hubiera conducido por el camino de la victoria. Más cerca de nosotros aún, cabría lamentarse, ¡qué fácil es manosear y manipular la historia en algunos períodos, por ejemplo en la Edad Media, tan voluntariamente confusa para algunos!; así, se omite lo que se quiere, se interpretan los hechos a beneficio de inventario o como dice, o más bien decía, Juan Pedro Aparicio, tan de actualidad en estas celebraciones con sordina del 1.100 aniversario de la coronación de nuestro primer rey. Pues bien, el escritor opinaba, en un determinado momento, que se lee en las leyendas y “en los versos lo que a algunos les gustaría leer en la realidad”
Sin embargo, y según Luis Suárez Fernández, en su reflexión sobre “León, en torno a 1188” obra a la que haremos más de una alusión, “un historiador está obligado a considerar, en cualquier hecho histórico, todas sus circunstancias; solo así se librará de los defectos...” tan comunes, añadiría yo, de esas interpretaciones históricas al dictado de los que detentan y ostentan el poder.
Pero, ¿acaso no representa, hoy todavía, casi una herejía, hablar de historia leonesa? Claro, y es fácil deducir el por qué: si hablamos de la verdadera historia leonesa, se tendría que abundar en unos hechos que contradicen la versión oficialista, lo políticamente correcto, aquí también. Si hablamos de la historia leonesa habría que hablar de hechos y costumbres genuinamente leoneses; sin embargo, lo constatamos y lo sufrimos cada día, lo que se pretende es anular nuestro legado histórico o manipularlo hasta hacer de él una especie de muñón informe y detestable, un sueño surgido, como alguien afirmó en una tesis pagada por la fundación Villalar, de la mente “de los ilustrados del siglo XIX”. Pero ¿cómo se ha podido llegar a negar tal evidencia? ¿Cómo se puede afirmar tamaña majadería que hiere sensibilidades innecesariamente, miente de manera descarada y trata de anular, de incinerar en la pira de una estúpida decisión de diseño de despacho megalómano, una de las identidades más significadas de la historia de este país?
Volviendo, pues, a las palabras que nos han servido para comenzar esta reflexión, cabe una primera y esencial pregunta, ¿cuál es, entonces, la historia que debemos recuperar?
El 24 de septiembre del año 1.230, fecha de la muerte del último rey privativo del Reino de León, Alfonso, ha sido contemplado e interpretado desde varios y muy diferentes puntos de vista:
Para unos es el momento en el que se ha eliminado (¡qué respiro!), de una vez y para siempre, el penúltimo obstáculo en el camino de una siempre deseada y deseable unidad nacional, la reconquista de la vieja patria visigoda, la visión de D. Lucas de Tuy que algunos han denominado goticismo, encarnada curiosamente por este reino y a la que, sin embargo, se oponía los díscolos castellanos deseosos de libertad fuera de las ataduras del Reino de León. Así, para Álvarez Palenzuela “La unión de los dos reinos (obsérvese que no habla para nada de coronas) abría enormes posibilidades de Reconquista a la que pronto se daría el empuje final”.
O, como apunta Gutiérrez Cuñado, “es el hecho de más trascendencia política que registra la Historia de España, desde la derrota de Don Rodrigo en la batalla del Guadalete hasta la expulsión de los moros de Granada”. ¡Casi nada! Es evidente que, para este bien pensante caballero, no debieron existir personajes como nuestro Alfonso o el otro Alfonso, el Emperador, o aún otro Alfonso, el VI, conquistador de Toledo o aún Ramiro II que pudo, para muchos historiadores, especialmente tras la batalla de SIMANCAS, ya en agosto del año 939, acabar la Reconquista si hubiera encontrado un más decidido apoyo por parte de toda una caterva de envidiosos, entre ellos el supuesto héroe castellano Fernán González, al que tuvo que traer a la urbe regia, por dos veces, cargado de cadenas.
Para otros supone, sin embargo, el hundimiento definitivo de lo leonés, de su interpretación del mundo, de sus relaciones consigo mismo y con los demás, de su autoestima incluso; en resumen, de todo lo que este reino representaba. Esa es, por lo que entendemos, la interpretación, entre otros, de J.P. Aparicio que cito: “¿Qué ocurrió con León? ¿Qué se hizo de aquella Carta Magna Leonesa? (...) No caben engaños. Adiós León y adiós libertades leonesas. El León oficial y el León real se separan tanto que el primero se va; en resumen, no encontramos más caracterización para esta fecha que la de un triste y desgraciado final”.
Ilustrativo epitafio; pero no lo es menos el de D. José González: “Así feneció, gallarda, patrióticamente, el Antiguo y Glorioso Reino de León”.
Y, por último, en nuestro contexto actual, citaremos a aquellos que utilizan torticeramente la fecha como dato irrefutable para encontrar unas raíces en las que hundir el nacimiento de la actual Comunidad Autónoma, en la que la Región Leonesa se halla encuadrada, tras todo un proceso anómalo, atípico y dudosamente democrático. Con ello parece nacer, especialmente en las interpretaciones posteriores al proceso autonómico que se dio en los años 70 del pasado siglo, un espiritu castellano-leonés que se nos sigue antojando como algo completamente artificial y que, en modo alguno, justifica lo que pretende justificar: la presencia de León en una determinada Comunidad Autónoma, y ello, sin tapujos, hay que repetirlo y reiterarlo cuantas veces haga falta, a espaldas de la opinión popular. Y cito: “Más tarde, en 1157, el Reino se separa con la muerte de Alfonso VII. Castellanos y leoneses han de llevar 73 años de malas relaciones y, en algunas ocasiones, al borde de la guerra civil. Por fin, en el año 1230 se consigue la paz y definitivamente se unen Castilla y León que es el origen del nacimiento de nuestra región”. Esto en la más pura elucubración y en la interpretación más simplista y sesgada, a nuestro entender, de Miguel Angel Millán Abad, autor, entre otros de algunos libros, curiosamente, sobre Valencia de Don Juan.
De modo semejante se expresan otros muchos escribidores a sueldo o personajes completamente mediatizados por esta nueva realidad administrativa, subvencionadora e iguladora de identidades en provecho propio; un simple ejemplo de un tal García Bartolomé, que elegimos, entre varios, por la referencia al Pacto habido entre Teresa y Berenguela, las dos ex-esposas de Alfonso IX, denominado Fabla de Dueñas y al que haremos mención más adelante: “Por el pacto, pontifica este señor, quedaron indisolublemente unidos Castilla y León; otra cosa no hubiera sido si esta página de la historia castellana no hubiera sido escrita”. Sin comentario ¿verdad?
Esta es, en resumen y para no abrumarles con ejemplos que rayan en la más pura estupidez, la más burda de las manipulaciones y hasta lo claramente ofensivo para un leonés medianamente ilustrado o interesado por su historia; esta es, repito, la interpretación más extraña y a la que trataremos de contestar en esta charla. Por esta razón, nuestros argumentos irán en la línea de demostrar, fundamentalmente, que la unión de las dos coronas no supone el nacimiento o la consolidación de una determinada “región”, ni mucho menos en el contexto en el que hoy interpretamos el vocable, un puro mito entonces, justo sería reconocerlo. Y todo ello, sobre todo, buceando en la propia Historia con mayúsculas y no en las leyendas, en los romances, muchos de ellos antileoneses, y en las interpretaciones sesgadas que venimos padeciendo desde hace ya demasiados años. Nos apoyaremos, asimismo, en la Geografía y por esta razón comenzaremos con una breve mirada a los límites de ambas coronas en la fecha de referencia.
I. APROXIMACIÓN GEOGRÁFICA
Los dos últimos reyes de León, Fernando II y Alfonso IX (o mejor, VIII en la línea de sucesión asturleonesa), habían tenido una preocupación constante y casi única: consolidar unos límites muy concretos para su reino, y procurar, por todos los medios, que no le ocurriera lo que al de Navarra; es decir que se quedara sin posibilidades de extenderse hacia el sur. Todo ello basándose en la experiencia heredada de sus antepasados y ante el empuje de dos nuevas realidades políticas emergentes, ambas, curiosamente, desgajadas de sus antiguos territorios y con un real o aparente complejo de Edipo, que éste es uno de los problemas, sin duda: Castilla por el Este y Portugal por el Oeste. En este sentido deben entenderse, con toda seguridad, matrimonios, guerras, paces y tratados que ocurren durante los dos reinados.
Como resultado de todo ello podríamos establecer como límites de la Corona Leonesa en el momento de la muerte de Alfonso IX los siguientes:
Por el Norte, el Reino se extendía hasta el Mar Cantábrico; la frontera del Este descendía casi por el extremo occidental de la actual provincia de Santander (la Liébana era tierra leonesa) hasta encontrar el río Pisuerga que constituyó, en esa zona, durante largo tiempo, la frontera de Castilla. El Sur quedaría delimitado por las últimas conquistas de Alfonso y de los caballeros de las órdenes militares de Santiago y Alcántara que, alrededor de 1220, ya han repoblado el sur de Extremadura y el norte de la provincia de Huelva. Por el Oeste, los límites se encuentran en el Océano Atlántico y en la frontera con Portugal, consolidada por las conquistas o determinada para el futuro por el Tratado de Coimbra que definía las zonas de influencia de cada uno de los tres reinos (León, Castilla y Portugal). Este famoso pacto, como veremos, tuvo lugar el 11 de noviembre de 1212; en dicho pacto, promovido por el papa Inocencio III, se designaron jueces que pudieran resolver cualquier tipo de conflico entre los tres Alfonsos, y el leonés conseguía, de manera definitiva una franja segura de conquista hacia el sur cuyo final sería Sevilla, Ciudad que se dispuso a conquistar en cuanto le fue posible puesto que no confiaba demasiado en los otros firmantes del pacto. La muerte le impediría llevar a feliz término esta idea, cuando ya sus tropas la tenían a su alcance. No olvidemos, también a este respecto, que desde Fernando I, y hacia 1065, este reino de Sevilla pagaba ya las parias al Reino de León.
Estos límites arriba señalados, y que en nada apoyan las tesis oficialistas anunciadas, tienen, además de otras constataciones (culturales, dialectales, etc.) una, claramente geográfica: véanse, a este respecto, los nombres de algunos pueblos que así lo determinan. Así, si por el Este, entre León y Castilla, algunos pueblos se apellidan “de la Frontera”, en el Sur encontramos varios con el apellido “de León”: Fuentes de León, Segura de León, Arroyomolinos de León, etc.
Es decir y como resumen, la Corona Leonesa abarca, fundamentalmente, Asturias, de la que no se separó nunca, Galicia (que estuvo separada sólo en tiempos de García I, y ni siquiera durante todo su reinado), el núcleo del Reino, constituído, al menos, por las actuales provincias de León, Zamora y Salamanca y la Extremadura Leonesa; una extensión aproximada de 120.000 Km2.
Por su parte, los límites de Castilla, se extendían, por el Noreste hasta la frontera con Francia; Navarra le servía de límite por el Este hasta encontrarse con el reino de Aragón, en una delimitación semejante a la actual, más el Reino de Valencia. Las respectivas zonas de influencia para Castilla y Aragón habían sido determinadas y aceptadas en el pacto de Tudilén, firmado ya el 27 de enero de 1151, entre nuestro Emperador Alfonso y Ramón Berenguer IV, cuñado suyo, conde de Barcelona y príncipe de Aragón. Por cierto que este pacto sería tomado siempre como referente para otros tratados posteriores como el de Lérida en 1157, el de Cazorla en 1179 o el de Almizra en 1244 por el que se fijaron los límites de expansión en la región de Levante de las dos grandes coronas peninsulares.
Pero volviendo a los límites del Reino de Castilla y como resumen, diremos que contaba con el País Vasco, la actual Cantabria, la provincia de Santander, por cierto, siempre denominada el Mar de Castilla, la actual La Rioja, la provincia de Logroño, y el resto de lo que luego se denominaría Castilla la Vieja, el Reino de Toledo, además de otros pequeños reinos de Taifas de la parte septentrional de Andalucía y gran parte del Reino de Murcia. Todo ello representaba una extensión aproximada de 160.000 Km2.
Como consecuencia, la unión de la Corona L,eonesa y la de Castilla, en la persona de Fernando III, supone un conjunto territorial de unos 280.000 Km2. Recordemos a este respecto que la actual Comunidad Autónoma de Castilla y León, a pesar de ser reivindicada, cantada y contada, casi cacareada como “la más grande” (aunque, seguramente, no la más “libre”), comprende, “solamente”, 94.147 Km2, de los que 38.363 pertenecen al núcleo del Reino de León o Región leonesa. ¿Qué se han hecho o dónde han ido a parar esos casi 200.000 Km2 restantes que nos faltan en esta suma de Castilla y de León a la muerte de nuestro Alfonso? ¿Dónde queda ahora esa soñada región de tanto relumbrón que estaba en el origen de aquella unión? ¿Habrá que reivindicar, acaso con nueva cruzada, esos territorios que nos han sido escatimados en el reparto? Ridículo argumento, puro humo, demostración de chamarilero venido a menos, pues no resiste ni el menor de los análisis.
Descartando, entonces, la justificación geográfica de la pretendida “unión”, trataremos de encontrar argumentos ahora, por si los hubiere, en lo que se refiere a la propia historia.
II. ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Creemos, a este respecto, y en aras de una necesaria seriedad en el análisis, que debemos considerar, siguiendo el consejo de los analistas de la Historia, todas las circunstancias propias de una fecha y de las anteriores por haber marcado, también en este caso y de manera innegable, el futuro de ambos reinos.
Según Jackson, “León se volvió a separar de Castilla entre 1157 y 1230". (Les recuerdo que el período hace alusión a los dos últimos reyes privativos leoneses, tras el testamento del Emperador Alfonso). Curiosa frase ésta, convendrán conmigo, que culpa a León de una situación en la que fue más sujeto pasivo que activo y, hemos de recordar también aquí, que, si debemos hacer caso a los hechos, que son tozudos, era el Condado de Castilla el que siempre había pretendido independizarse y separarse de León, Reino que, por otro lado, y sobre todo desde Lucas de Tuy parecía haber asumido, por el contrario, el papel activo de la recuperación de la unidad de la patria visigótica; la doctrina del goticismo, como hemos ya señalado.
Recordemos también, en este espinoso tema de las separaciones testamentarias de los diferentes reinos, que nunca se había dado esto en la tradición leonesa y que fue, precisamente, Fernando I el que impondría la visión patrimonial de los reinos dada su formación y procedencia navarra.
Hemos de confesar, sin embargo, que al situarse el Reino de León como beneficiario de esta nueva situación, separado de Castilla, y conociendo a lo largo de estos 73 años de independencia efectiva su mejor momento como nación, también se le trata de hacer protagonista y causante de esta provechosa situación.
Así la define Carlos Cabañas Vázquez en su libro Esto es el País Leonés: “El País Leonés, en la época de su separación de Castilla, vivió el momento más fecundo, rico y creativo de su historia; convivían en él las más diversas razas, lenguas y religiones, con pocos enfrentamientos y un ambiente de tolerancia y libertades”.
No obstante, la línea argumentativa de Jackson parece cuestionar los mismos orígenes de ambos reinos. Hay, para nosotros y para cualquier historiador imparcial y avisado, determinados hechos que son incontrovertibles, bien simples y que enunciamos en forma de preguntas retóricas: ¿Cuál de los dos existió primero? ¿Quién perteneció a quién? ¿Quién se separó, por qué razones y en función de qué intereses e influencias? ¿Qué consecuencias se derivaron de esas separaciones?
Alfonso IX que había nacido en la ciudad leonesa de Zamora, llega al trono en 1188, a los 18 años, y no sin problemas (especialmente por motivos dinásticos, a causa de los deseos de su madrastra, la castellana Hurraca López de Haro, de convertir a su hijo en sucesor de Fernando II, y en plena guerra contra los castellanos). Ese mismo año, en San Isidoro, Iglesia Palatina del Reino y que albergaba los sepulcros de la mayor parte de sus predecesores, ocurre lo que, para unos pocos hace tan solo unos años, para algunos más después del 800 aniversario del hecho, y hoy, por suerte, para casi todos, una vez que hasta el propio rey Juan Carlos se ha pronunciado al respecto, y en palabras de J. P. Aparicio, ocurre, digo, “el hecho más excelso de la historia de los pueblos de España” y al que el mismo escritor ha comparado bien recientemente con el descubrimiento de América: la Carta Magna Leonesa.
Sin extendernos en la explicación de estas Cortes, hoy día harto conocidas y celebradas como la primera manifestación del Parlamentarismo moderno, diremos como resumen que en ellas se recogen muchos de los derechos humanos todavía vigentes:
Todas estas pretensiones, en una sociedad de la Edad Media causaban, sin ningún género de dudas, innegable temor, sobre todo en la Nobleza y en el Gran Clero, los cuales darán al nuevo rey (Fernando III) todo tipo de apoyo para que éste restaure la situación anterior.
Las conquistas realizadas, gracias al arrojo de las mesnadas leonesas, en Huelva y en Sevilla, puestas en manos de estos nobles sumisos e interesados, darán lugar, por ejemplo, a los latifundios andaluces. ¡Qué poco cambian los tiempos y cómo se cobran las traiciones contra aquellos a los que, por obligación o devoción, habría que defender! Ayer eran los nobles y hoy son esos que se autodenominan, pomposamente, los representantes de la voluntad popular. ¡Qué ironía!
En una sociedad en la que se da una clara “preponderancia de lo movedizo, representado por una monarquía ambiciosa y expansiva, Castilla (y estamos utilizando, de nuevo, palabras de J. P. Aparicio), su monarquía y aristocracia gozaban de ocasión de medro más favorable (...), tan favorable como para arrastrar (incluso) la voluntad de los poderosos leoneses.
Parece claro, sin embargo, que la unión de los intereses de los dos últimos reyes de León y de éste su pueblo habían sido muy diferentes a esas ideas expuestas por lo que al otro reino se refiere y podrían concretarse como sigue: fijación de unas fronteras definidas y profundización en los aspectos jurídicos, cuestión ésta de suma importancia para una colectividad, para un país, si no quiere convertir las relaciones entre sus individuos en lo que algunos han denominado la ley de la selva, el poder del más fuerte y, como consecuencia, el aplastamiento del más débil.
Definiremos estos aspectos en tres apartados muy concretos:
1. POLÍTICA MATRIMONIAL
Los matrimonios de Fernando II y Alfonso IX son claramente dictados por “necesidades del Estado”. Ambos tratarán, en un primer momento, de encontrar una alianza segura con Portugal y quién sabe si un acercamiento definitivo a este reino que, unos pocos años atrás, en 1143, se había separado de la Corona Leonesa por los afanes de notoriedad y poder desarrollados por la infanta Teresa de León, hija ilegítima de Alfonso VI y una noble berciana, Jimena Muñiz. Por esta razón se llevarán a cabo los matrimonios de Fernando de León con Urraca de Portugal y de Alfonso con Teresa.
Uno y otro serán declarados nulos y, como si el hijo hubiera aprovechado la experiencia de su padre, se producirá en ambos casos aquella vieja maniobra política que sigue el consejo conocido: “si no puedes vecer a tu enemigo, alíate con él”; de este modo los reyes de León desposarán posteriormente dos infantas castellanas: Urraca López de Haro y Berenguela, hija esta del rey de Castilla Alfonso VIII, según el nomenclator impuesto por los historiadores ortodoxos, pero primero de este reino y declarado enemigo confeso de León. Se reproduce, asimismo, la solución de compromiso y un arranque de generosidad, exactamente los mismos que, en su momento y ante las reiteradas traiciones del conde castellano Fernán González, encontraría Ramiro II que, sin embargo, no utilizó ni con sus primos, los descendientes de Fruela en Asturias ni con su propio hermano Alfonso IV, a los que condenó a la desorbitación.
Fernando II, sin embargo, y como si esta medida le repugnara, intentará primero una solución intermedia: el matrimonio con Teresa Fernández (que desgraciadamente moriría muy pronto), noble gallega emparentada con el clan de los Lara, poderosa familia casi siempre detrás de la mayoría de las intrigas habidas en ambos reinos.
2. POLITICA EXTERIOR
Entraremos ahora a desbrozar lo que hemos denominado política exterior o, dicho de otro modo, las relaciones con el resto de los reinos de la Península, algo que nos pondrá sobre la pista de los objetivos de nuestros dos últimos reyes privativos.
Alfonso VII, el Emperador, muere en el sitio de la Fresneda, provincia actual de Toledo, en 1157 y reparte su reino entre sus hijos; algunos historiadores no dejan de razonar el hecho desde el punto de vista de la imposibilidad de convivencia entre los dos grandes reinos que lo componen o incluso en el coste que suponía tratar de mantener esta condición de imperio, nacido, de cualquier modo, de la tradición leonesa y no de la castellana que había sido un reino independiente durante un breve espacio de tiempo, con el hijo de Fernando I, Sancho, muerto, es bien conocido, al pie de las murallas de Zamora.
Como se sabe, el segundo hijo del Emperador, Fernando, marcha precipitadamente a León para hacerse cargo del reino “como si temiese alguna maniobra de su hermano” Sancho que había heredado Castilla; esto en palabras de Alvarez Palenzuela. Entre otras razones, había quedado una cuestión pendiente y era la delimitación efectiva entre ambos reinos, especialmente en esa línea difusa y cambiante al albur de los caprichos de los nobles de la zona o a la belicosidad de los reyes de turno; nos referimos, naturalmente a la denominada Tierra de Campos, para muchos, sin embargo, siempre asociada a las tierras de León bajo el conocido nombre de los Campos Góticos.
Por otro lado, el problema con Portugal se agrava al no llegarse a un acuerdo con Alfonso I Enriquez y al haberse establecido un pacto previo de amistad (firmado en Sahagún en 1158) entre León y Castilla que determinaba, incluso, una posible repartición de dicho reino en proceso de formación.
La desconfianza mutua y el recelo del portugués provocarán la realización de actos violentos en la frontera, la sublevación de Salamanca (con la efectiva ayuda de Portugal), dos nuevas entrevistas con Alfonso, la repoblación de Ledesma y Ciudad Rodrigo, la delimitación de la frontera en la comarca de Tuy por medio del Tratado de Lérez (1165) y el matrimonio de Fernando con la infanta portuguesa Urraca, como ya hemos comentado anteriormente.
Nuevos avances portugueses en el reino moro de Badajoz, que no agradan a Fernando, enfrentarán de nuevo a suegro y yerno, decidiendo este último la firma de una alianza transitoria “con el infiel” que fue calificada de “escandalosa”. Sin embargo, en esta situación política de arenas movedizas, la mayor parte de las veces, en 1171, los leoneses ayudarán eficazmente al rey portugués en su ataque contra Santarén, zona claramente de conquista portuguesa, hecho que vendrá a significar, por lo tanto, la ruptura de la amistad con el pequeño califa.
Convendremos, de cualquier modo, a la vista de los hechos y de nuevo con Alvarez Palenzuela, que “Fernando II es coherente con los intereses de su reino, tanto cuando colabora con los musulmanes para impedir que los portugueses tomen Badajoz, o para lograr que le devuelvan sus conquistas en la frontera, en 1170, o cuando derrota a los portugueses en Argañal, en 1179, como cuando, gracias a su intervención, los portugueses salvan Santarén en dos ocasiones, en 1171 y, sobre todo, en 1184.
En 1178 se producen nuevos ataques contra las fronteras del reino, esta vez por parte de los castellanos. El problema se agrava ya que, al año siguiente, Fernando se verá obligado a combatir en dos frentes, pues los ataques se producirán, de una forma coordinada, por parte de castellanos y portugueses. La gravedad de la situación hace que el Rey convoque dos Curias, pero no consigue despertar el entusiasmo de los nobles y obtener recursos para la guerra, dado que algunos de ellos tenían intereses a ambos lados de la frontera.
De nuevo aquí se impone una referencia hacia su sucesor Alfonso que, en situación similar, permitirá y favorecerá la incorporación a estas curias, del denominado tercer estamento, los representantes populares que, ellos sí, le prestán una efectiva ayuda.
Pero volviendo a la situación delicada de Fernando II de León, diremos que, a regañadientes, éste firma el tratado de Fresno-Lavandera en junio de 1183, intentando, una vez más y ya van muchas, que se establerieran los límites de León y Castilla y sus áreas de influencia en la conquista, al menos hasta 1193. Sin embargo, la voracidad del rey castellano le lleva a no respetarlo y, apenas cinco años más tarde, en los momentos más que difíciles de la muerte y sucesión de Fernando, invadirá el reino y llegará en su avance por el sur hasta Coyança (Valencia de don Juan).
La amenaza de una previsible alianza anticastellana que se está gestando entre Portugal, Aragón y León, por la que venía abogando desde hacía años Alfonso II de Aragón ante esta nueva realidad castellana que todos temían, frenó los ímpetus belicosos del rey de Castilla y decidió a éste a pactar con León. Se produce entonces una primera entrevista y posteriormente la Curia de Carrión en la que Alfonso IX es armado caballero por su primo (si bien hay que señalar que en el acto queda claro que no existe ningún tipo de sometimiento ni relación de vasallaje) y se compromete en matrimonio con una infanta castellana. Cabe señalar, como anécdota, que, en la misma ceremonia fue armado caballero el Principe Conrado de Suabia, hijo del Emperador Federico Barbarroja de Alemania. El citado príncipe había venido con el objetivo de desposar a la Infanta Doña Berenguela, algo que no pudo hacer debido a la oposición de ésta. De cualquier modo, hemos de recordar que el rey de Castilla, sin embargo, no renuncia, tampoco, explícitamente a sus conquistas en León. Todo ello sigue entonces avivando el sentimiento anticastellano entre los leoneses así como en Aragón, pues ambos reinos ven en Castilla un peligro para el equilibrio entre las diferentes entidades e identidades del momento.
Se llega así, tras una serie de reuniones y de acuerdos, previos a un nuevo tratado, el Tratado de Huesca (1191), en el que participa también el rey de Navarra, Sancho IV, acordándose la guerra contra Castilla y el matrimonio del rey leonés con Teresa de Portugal.
Una serie de circunstancias que podríamos resumir en la muerte del rey navarro, la nulidad del matrimonio de Alfonso IX cuando ya habían nacido de él tres hijos, las preocupaciones ultrapirenáicas y mediterráneas del aragonés y el avance incontenible de los almohades, todo ello desaconseja una guerra que algunos habían ya comenzado aunque con muy poco entusiasmo.
A comienzos de 1194, se iniciaba un nuevo acercamiento entre León y Castilla sellado con un tratado de amistad en la localidad de Tordehumos, incoherente, lleno de falsas buenas intenciones y, por lo tanto, muy breve. Al año siguiente se produce la estrepitosa derrota de Alarcos en la que el castellano, juzgando imprudentemente el número de los combatientes almohades, decide comenzar la batalla antes de la llegada de los soldados leoneses y de los navarros a los que pretendía, de este modo, no invitar tampoco al subsiguiente botín. Esta situación produce un nuevo enfrentamiento y la creación de un nuevo frente anticastellano que también apoya Navarra; Alfonso el leonés consigue atraer hacia sí, incluso a los musulmanes lo que reproduce la antigua política de acercamiento al “infiel” comenzada por su padre Fernando.
Como consecuencia de todo ello, el leonés es excomulgado lo que faculta a sus enemigos cristianos a invadir su reino. A ello se deciden de manera feroz Portugal, Aragón y Castilla lo que trae como consecuencia verdaderas devastaciones fundamentalmente en la frontera del Este.
Falto de apoyo por la poca combatividad de Navarra y ante la tesitura del descrédito por mor de su excomunión, además de la tregua ofrecida por el Califa a Alfonso el de Castilla, nuestro Alfonso no tiene otra salida que la de un matrimonio de compromiso, esta vez con Berenguela, la hija del rey castellano. Enlace efímero también, por el parentesco de ambos esposos que, además de no solucionar ninguno de los problemas entre los dos reinos (se agravarán, incluso, con la ruptura del matrimonio) trae como consecuencia, esta vez, la enemistad con Portugal.
Postponiendo estos y otros muchos problemas entre los reinos cristianos, puesto que se predica por entonces una cruzada contra los árabes, se firman una serie de paces y tratados (entre León y Castilla, la Paz de Cabreros) y todos se preparan para la lucha contra el enemigo común. Pero, curiosamente, mientras se produce la batalla de Las Navas, Alfonso IX que no participa, aprovecha la ausencia de su primo y se apodera de algunas posiciones fronterizas que venía reclamando desde antiguo (incluso en época de su padre) como pertenecientes al Reino de León. Por lo que se constata, tampoco los leoneses de aquella época olvidaban fácilmente sus justas y razonadas reivindicaciones.
Tras la batalla de las Navas, en 1212, comienza el derrumbe del imperio almohade y se abren para los reinos del Norte grandes posibilidades de conquista. Algo semejante a lo ocurrido tras la batalla de Simancas en época del gran Ramiro II. En estas condiciones, el acuerdo es fácil pues garantizaba aquello por lo que León venía trabajando con ahinco y sin desmayo desde la división del imperio de Alfonso VII: una reserva de conquista hacia el sur. Así, en noviembre de ese mismo año 1212 se firma el acuerdo de Coimbra (el llamado el de los tres Alfonsos) y se pone momentáneo fin a las disputas y luchas fronterizas.
Comienza incluso una época de tímido acercamiento entre los tradicionales enemigos, León y Castilla, por medio del matrimonio de Enrique, el nuevo rey de Castilla, y Sancha, heredera del trono de León tras la muerte prematura del heredero Fernando, con 22 años y sin dejar descendencia.
Sin embargo, la indecisión de Alfonso, no demasiado convencido de las bondades de esta solución y, sobre todo, la muerte del joven rey castellano impiden la puesta en práctica de esta idea. Como consecuencia de esta muerte inesperada, aparece una grave crisis sucesoria en Castilla habilmente explotada a su favor por Berenguela, hermana del difunto y ex-esposa de Alfonso de León, la cual cede a su hijo los derechos del trono de Castilla.
Para el rey de León, la solución es una verdadera catástrofe pues las tierras del Infantado (los Campos Góticos) que pertenecían a su hijo Fernando, como consecuencia del pacto de Cebreros, pasaban así a Castilla, algo que los leoneses no están dispuestos a tolerar. Por esta razón el rey invade inmediatamente Castilla y logra, por medio de un nuevo tratado que, al año siguiente (estamos en 1218), se rectifique la frontera favoreciendo a León.
Liberado de esta preocupación, el rey pasa sus últimos años en una especie de agitada campaña de conquistas (Mérida, Cáceres, Talavera la Real, Badajoz, etc), de repoblaciones y de concesión de fueros, haciendo país y tratando de llegar hasta Sevilla, como hemos señalado, límite del reino por el sur, para asegurar, de una vez por todas, la frontera de su reino. Cuando el 24 de septiembre de 1230, peregrino a Santiago, le sobreviene la muerte en Villanueva de Sarria, Sevilla ya estaba al alcance de su mano, pero Alfonso no podrá ver cumplidos sus sueños de conquista.
En resumen podemos afirmar que este período de 73 años de la historia del Reino de León fue sin duda turbulento, pero nos demuestra, de una manera clara y reiterada el orden de prioridades y los deseos de la monarquía reinante.
3. LA ACTIVIDAD LEGISLADORA
Alfonso IX, recien llegado al trono y además de las intrigas palaciegas promovidas por su madrastra Urraca la cual pretendía el trono para su hijo Sancho, se encontró ante un grave apuro: las tropas castellanas de su primo, el otro Alfonso, penetraban por la Tierra de Campos. Convocó entonces a toda su corte para una asamblea o Curia y pidió, en palabras de Luis Suarez, “a las ciudades y villas, las más importantes de su Reino que acudiesen también, haciéndose representar por medio de procuradores. (...) Se había establecido el gran principio revolucionario de que el tercer estamento tenía la misma voz que los dos primeros en cuanto atañía a los asuntos del reino”
Pero nos cabe ahora una pregunta ¿por qué se da precisamente en León lo que, según Carretero, “podría ser denominada la Carta Magna española, anterior en varios años a la inglesa (...) y más liberal y democrática que la de Juan sin Tierra”? La conquista de las libertades para un pueblo no es nunca un hecho casual ni surge por generación espontánea; necesita, a mi entender, fundamentalmente dos cosas: una conciencia bien definida de colectividad y unos “hábitos” especiales de convivencia.
Desde el castro al municipio, pasando por las condiciones de la reconquista y la constitución de los nuevos núcleos de población como comunidades de hombres libres, podemos afirmar sin duda, que estas condiciones subyacen en la vida de los habitantes del solar leonés. Todo ello ha ido constituyendo unas costumbres, unas instituciones (los concejos), unas propiedades comunales e incluso un derecho, que tendrán reflejo en un largo proceso que pasa por varios momentos importantes; en un apretado resumen señalamos:
Las leyes que se conocen como el Fuero de León de Alfonso V dadas en 1017 y que el mentado Luis Suarez considera como “la primera piedra del efificio de la libertad. Para toda Europa y no solo para el pequeño rincón de la Península”.
El Concilio de Coyanza en el que, además de contemplarse aspectos referidos a la vida de la Iglesia, el rey Fernando refrenda solemnemente y acepta los compromisos de los monarcas anteriores (fundamentalmente Alfonso V) y dicta reglas de convivencia para los súbditos de sus reinos.
Los sucesivos Fueros otorgados a las diferentes ciudades y villas del Reino y los concilios y Curias Regias, especialmente las dos convocadas por Fernando II en 1178, ante el ataque de los castellanos, hasta desembocar en el reinado de Alfonso IX que toma, sin duda, como modelo, ampliándolo, el mismo que fue utilizado diez años antes por su padre.
Con estas tres premisas a las que venimos haciendo alusión y que recogemos de nuevo, a los efectos de una mejor comprensión (la política matrimonial, la política exterior y la actividad legisladora), estaremos en disposición de entender mejor los acontecimientos que se producen a la muerte de Alfonso IX y que pasamos a considerar de inmediato.
III. LA SUCESIÓN A LA CORONA LEONESA
Alfonso muere, como hemos comentado, camino de Santiago en cuya catedral está enterrado al lado de su padre Fernando (por cierto, presididos sus sepulcros por sendos escudos de Castilla y de León, en el summun de la incongruencia), dejando expresamente como herederas de su reino o reinos, si consideramos las entidades de Asturias y Galicia, a las hijas habidas de su primer matrimonio con Teresa de Portugal, Sancha y Dulce, ya que el primogénito, Fernando, había muerto, como hemos recordado anteriormente, sin herederos. La voluntad clara del difunto rey, en su testamento, determinaba que desconocía los derechos de su segundo matrimonio con Berenguela, manifestando su negativa expresa a que reinara en León su hijo Fernando, entonces ya Rey de Castilla. Existía, incluso, una promesa firme de la Orden de Santiago de defender estos derechos contra las posibles apetencias de Fernando.
Este hecho, esta decisión que algunos historiadores mediatizados por la interpretación más despectivamente oficialista han llegado a calificar como “de un salto en el vacío”, enlaza, sin embargo, de manera clara, con el celtismo imperante en el Reino de León. Urraca, por ejemplo, ya había sido reconocida como sucesora de Alfonso VI y además en las propias Cortes de 1188 se había determinado de manera clara la “no discriminación por razón de sexo”. Existía, además, un precedente inmediato en la propia Berenguela que había conseguido los derechos de sucesión de su padre Alfonso VIII de Castilla. ¿Lo que sirve para unos por qué no debería servir para otros?, cabe preguntarse.
Fernando que se hallaba, en aquel momento, combatiendo en Jaén, suspende el ataque por indicación de su madre y se encamina a toda prisa a la urbe regia para hacerse coronar. La diplomacia, sin embargo, se mueve delante de él y se produce el episodio conocido como las “fablas de dueñas” que, en resumen, es como sigue: Berenguela concierta en Benavente (algunos autores hablan de Coyança) una entrevista con las verdaderas herederas y su madre Teresa y llega al acuerdo de comprar los derechos de sucesión por 30.000 maravedíes anuales para cada una.
Fernando, sin embargo, no se atreve a llegar hasta León donde, según García Bartolome, “había numerosos partidarios de las infantas”. Cosa lógica, opinaría cualquiera, por ser las herederas legítimas y por la serie de problemas que venían siendo causados durante siglos desde la frontera del Este. Por esta razón se hace coronar en Benavente, algo verdaderamente insólito según la costumbre de la urbe regia.
El Maestre de Santiago rompe su promesa (¿nos suena a la actualidad, verdad?) y por ello es incluso excomulgado por el Papa, pero ante las exigencias del Alto Clero será perdonado más tarde. Nadie piense, sin embargo, que la situación se soluciona de una forma tan sencilla; si abrimos cualquier texto de historia veremos alusiones a revueltas leonesas (las más inmediatamente cercanas a los hechos, en Zamora, Ciudad Rodrigo y Salamanca) que tuvo que reprimir Fernando. Y, otra vez en la apreciación de Aparicio, “cuando el rey sofoca la resistencia, el inquietado lector no tiene más remedio que liberar un suspiro de alivio. ¿Qué demonios querían aquellos leoneses que no aceptaban a Fernando III, santo además? Aquí no queremos inventarnos nada (...). Si alguien quiere expresar los deseos leoneses de la época le basta con un solo vocable: libertad.
El botín es sabroso y suculento para los vencedores y para los traidorzuelos que se venden por algo más que aquel socorrido plato de lentejas bíblico; la consecuencia, en este caso, según Sanchez Albornoz (nada sospechoso de veleidades leonesistas, dado su origen castellano), “un pueblo que no conocía el régimen feudal, ve cómo los nobles van acrecentando sus señoríos, de qué manera menguan sus libertades y hasta qué punto, una de sus instituciones más señeras, el Concejo Abierto, se transforma o desaparece para ser sustituído por los ayuntamientos que, desde su constitución, quedan en manos de unas pocas familias.
¿LA UNIÓN DEFINITIVA?
A partir de ese momento, el Reino de León aparecerá encuadrado en una unidad más amplia que ha venido denominándose, para abreviar, Corona de Castilla o simplemente Castilla en un absurdo y ofensivo reduccionismo; sin embargo, seguimos manteniendo, con argumentos sólidos, que nunca perdió su identidad a pesar de los siglos y los esfuerzos invertidos en ello. Hay que decir, a pesar de todo, que el sentir leonés (e incluso el español) se encontró muchas veces oculto tras unos intereses que nunca habían sido los suyos (políticas de las casas de Austria o de Borbón) y sobre todo en nombre de lo que ha sido una cruz que ha lastrado, sin necesidad, la identidad leonesa por no ser ambas incompatibles, eso que algunos han denominado “la sagrada unidad de España” o “los intereses de Estado”. ¿De qué estado, podrían preguntarse muchos? ¿Del estado de postración al que León ha venido siendo sometido?
Aquella integración, nadie se engañe, no debió ser tan sencilla como algunos pretenden que nos creamos. Además de esas inmediatas reacciones de protesta, a las que aludíamos más arriba, se produjeron otras a lo largo de toda la Edad Media. Recordaremos solamente las más importantes:
Mas, dejando a un lado las guerras, y rastreando otros indicios de una más que evidente falta de unidad en este conglomerado creado por los intereses de los unos y el conformismo culpable de los otros, encontraremos los siguientes:
Esta división conoce diversos ensayos (Foridablanca, Llorente, el Trienio Liberal, etc.), hasta llegar al decreto del 30 de noviembre de 1833, de Javier de Burgos, por el que se divide el territorio nacional en cuarenta y nueve provincias y que, con la partición de Canarias en dos, en la época de Primo de Rivera, llega hasta nuestros días.
Pues bien, con algunas variantes, en todas esas divisiones se ha reconocido siempre una entidad particular denominada Reino de León o Región Leonesa y que comprende las provincias de León, Zamora y Salamanca. En el intento, incluso, de la Primera República (1873) para incluir a León dentro de Castilla la Vieja, se produce una inmediata y contundente respuesta por parte de la Diputación Leonesa, pidiendo a los Estados Generales ser un estado autónomo de la República Federal. Dicha República, como sabemos, fue abortada por la Restauración Borbónica del año siguiente tras el pronunciamiento del general Martínez Campos.
CONCLUSIONES
A lo largo de esta reflexión sobre la pretendida unión de los reinos de León y de Castilla, de la ocultación de León y de esa fecha de 1230 invocada como exorcismo, encantamiento o hechizo contra díscolos leoneses que siguen cuestionando una realidad política impuesta, he pretendido, además de considerar la propia unificación, sus circunstancias y consecuencias, comentar también las posibles causas y tomando para ello como testigos más que fiables a la geografía y a la historia misma que rodea esos hechos. Y ya que, como sabemos, es muy difícil explicar la delicada situación de aquel momento (y de cualquier otro de una determinada época), sobre todo extrayéndolo de su contexto, uno se ha visto obligado también a comenzar hablando de fechas anteriores para poder acometer con mayor fiabilidad el tema en sí.
Por todo ello podemos afirmar, ya para poner fin a esta charla, que, por lo que hemos constatado, ni existió ni existe tal unión, ni tampoco la identificación que se pretende de lo leones como castellano, y mucho menos se puede seguir argumentando que nos encontramos ante el antecedente más palmario de las raíces de la comunidad autónoma en la que, una vez más hay que repetirlo, no solo nos integraron contra nuestra voluntad sino que se usaron las trampas más saduceas para dar a la situación un tinte de democracia y modernidad.
Ante todo este cúmulo de lo que hemos calificado como un MITO, solo cabe una solución: conocer nuestra historia y divulgarla para que, en el conocimiento, nadie sea motivo de manipulación o engaño; no nos sorprenden reacciones como las que hemos padecido y constatado cuando, desde el poder alguien ha sido capaz de expresarse del modo que vais a comprobar, pues nada hay más intimidatorio, nada produce más terror en este país y sobre todo en aquellas épocas de despertar democrático que sacar en procesión el espantajo amenazante de la ruptura de España:
El 30 de junio de 1978 se constituye el Consejo General de Castilla y León. El Presidente de dicho Consejo General, José Manuel García Verdugo envió una carta a todos los alcaldes de las provincias integrantes para advertirles sobre una campaña disgregadora: "En esta campaña que pretende la división de castellanos y leoneses parecen estar implicados claros enemigos de la Constitución y de la democracia, y representantes de intereses egoístas e insolidarios. Su gravedad es indudable, ya que provoca discrepancias y enemistades, precisamente en momentos que requieren serenidad y sosiego". Además del mito, injustificado a todas luces, el miedo que, como dice el refrán, intenta guardar la viña; la suya y la del vecino, claro está.
Por mi parte, y tratando, a pesar de todo, de terminar en una actitud de esperanza en el futuro, solo quisiera aportarles el conocido consejo de Ambrosino a Rómulo en la novela de Massimo Manfredi, La Última Legión: "Cuando se huye y uno deja todo a sus espaldas, el único tesoro que podemos llevarnos con nosotros es la memoria. Memoria de nuestros orígenes, de nuestras raíces, de nuestra historia ancestral. Solo la memoria puede permitirnos renacer de la nada. No importa dónde, no importa cuándo, pero si conservamos el recuerdo de nuestra pasada grandeza y de los motivos por los que la hemos perdido, resurgiremos”.
Podríamos hacer sesudos comentarios sobre la misma pero cree el Húsar que lo más atinado es dejar aquí el texto de la conferencia que, si bien es un poco largo, termina sabiéndonos "a poco" cuando llegamos al final.
Gracias Hermenegildo por enviarnos el texto:
INTRODUCCIÓN
“El pasado no predetermina el futuro de los pueblos pero lo condiciona. Todo pueblo que se olvida de su historia está inexorablemente condenado a repetirla. Es más, una colectividad solo cobrará conciencia rigurosa y fiel a su imagen en el espejo de su propio pasado. No por vanagloria ni por autocomplacencia, tampoco por masoquismo. Solo en esa imagen que le devuelva el espejo del pasado puede un pueblo desvelar tanto sus limitaciones cuanto su auténtica potencialidad de futuro”.
Seguramente, todos los presentes suscribirían estas palabras que, con algunas variantes, hemos escuchado, leído o incluso repetido muchas veces, hasta con una cierta dosis de deseo de que así sea, al menos para nosotros; sorpréndanse, sin embargo. Lo que acabo de leer no es mío, ni de ningún escritor leonés ni de ningún político sospechosamente leonesista; se trata de unas palabras, sacadas, tal cual, de un discurso del entonces Presidente de las Cortes de Castilla y León, en la inauguración de aquel infausto Congreso titulado Cortes de Castilla y León, habido en Burgos en 1986 y que comenzaría a representar, una vez más, una mascarada (como la que acabamos de presenciar el pasado día 4 con la programación y la contraprogramación de la Junta que nos malgobierna), la ceremonia de la confusión y la burda manipulación sobre nuestras Cortes Leonesas de 1188; sí, las de un joven Alfonso, llamado desacertadamente el noveno, y que cometió el “error histórico” de convocar antes que nadie y, sobre todo, sin pedir permiso a la Junta de Castilla y León, de convocar, digo, al estamento que más tarde será denominado “el Tercer Estado”, un día de primavera de dicho año 1188 en el recinto de la Iglesia Palatina de la Urbe regia, en la Real Basílica-Colegiata de San Isidoro. Pues bien, estas mismas palabras nos sirven hoy como entrada para esta conferencia o por mejor decir para esta reflexión en voz alta que pretendemos ante ustedes y con ustedes.
Cierto es que, como se alude en ellas, y como suele decirse habitualmente, “el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”, pero también estamos hartos de oír y de constatar que “la historia que traspasa los siglos la escriben los vencedores”; de hecho, conocemos que ya los griegos preferían un historiador que escribiera los hechos a su manera antes que un general que les hubiera conducido por el camino de la victoria. Más cerca de nosotros aún, cabría lamentarse, ¡qué fácil es manosear y manipular la historia en algunos períodos, por ejemplo en la Edad Media, tan voluntariamente confusa para algunos!; así, se omite lo que se quiere, se interpretan los hechos a beneficio de inventario o como dice, o más bien decía, Juan Pedro Aparicio, tan de actualidad en estas celebraciones con sordina del 1.100 aniversario de la coronación de nuestro primer rey. Pues bien, el escritor opinaba, en un determinado momento, que se lee en las leyendas y “en los versos lo que a algunos les gustaría leer en la realidad”
Sin embargo, y según Luis Suárez Fernández, en su reflexión sobre “León, en torno a 1188” obra a la que haremos más de una alusión, “un historiador está obligado a considerar, en cualquier hecho histórico, todas sus circunstancias; solo así se librará de los defectos...” tan comunes, añadiría yo, de esas interpretaciones históricas al dictado de los que detentan y ostentan el poder.
Pero, ¿acaso no representa, hoy todavía, casi una herejía, hablar de historia leonesa? Claro, y es fácil deducir el por qué: si hablamos de la verdadera historia leonesa, se tendría que abundar en unos hechos que contradicen la versión oficialista, lo políticamente correcto, aquí también. Si hablamos de la historia leonesa habría que hablar de hechos y costumbres genuinamente leoneses; sin embargo, lo constatamos y lo sufrimos cada día, lo que se pretende es anular nuestro legado histórico o manipularlo hasta hacer de él una especie de muñón informe y detestable, un sueño surgido, como alguien afirmó en una tesis pagada por la fundación Villalar, de la mente “de los ilustrados del siglo XIX”. Pero ¿cómo se ha podido llegar a negar tal evidencia? ¿Cómo se puede afirmar tamaña majadería que hiere sensibilidades innecesariamente, miente de manera descarada y trata de anular, de incinerar en la pira de una estúpida decisión de diseño de despacho megalómano, una de las identidades más significadas de la historia de este país?
Volviendo, pues, a las palabras que nos han servido para comenzar esta reflexión, cabe una primera y esencial pregunta, ¿cuál es, entonces, la historia que debemos recuperar?
El 24 de septiembre del año 1.230, fecha de la muerte del último rey privativo del Reino de León, Alfonso, ha sido contemplado e interpretado desde varios y muy diferentes puntos de vista:
Para unos es el momento en el que se ha eliminado (¡qué respiro!), de una vez y para siempre, el penúltimo obstáculo en el camino de una siempre deseada y deseable unidad nacional, la reconquista de la vieja patria visigoda, la visión de D. Lucas de Tuy que algunos han denominado goticismo, encarnada curiosamente por este reino y a la que, sin embargo, se oponía los díscolos castellanos deseosos de libertad fuera de las ataduras del Reino de León. Así, para Álvarez Palenzuela “La unión de los dos reinos (obsérvese que no habla para nada de coronas) abría enormes posibilidades de Reconquista a la que pronto se daría el empuje final”.
O, como apunta Gutiérrez Cuñado, “es el hecho de más trascendencia política que registra la Historia de España, desde la derrota de Don Rodrigo en la batalla del Guadalete hasta la expulsión de los moros de Granada”. ¡Casi nada! Es evidente que, para este bien pensante caballero, no debieron existir personajes como nuestro Alfonso o el otro Alfonso, el Emperador, o aún otro Alfonso, el VI, conquistador de Toledo o aún Ramiro II que pudo, para muchos historiadores, especialmente tras la batalla de SIMANCAS, ya en agosto del año 939, acabar la Reconquista si hubiera encontrado un más decidido apoyo por parte de toda una caterva de envidiosos, entre ellos el supuesto héroe castellano Fernán González, al que tuvo que traer a la urbe regia, por dos veces, cargado de cadenas.
Para otros supone, sin embargo, el hundimiento definitivo de lo leonés, de su interpretación del mundo, de sus relaciones consigo mismo y con los demás, de su autoestima incluso; en resumen, de todo lo que este reino representaba. Esa es, por lo que entendemos, la interpretación, entre otros, de J.P. Aparicio que cito: “¿Qué ocurrió con León? ¿Qué se hizo de aquella Carta Magna Leonesa? (...) No caben engaños. Adiós León y adiós libertades leonesas. El León oficial y el León real se separan tanto que el primero se va; en resumen, no encontramos más caracterización para esta fecha que la de un triste y desgraciado final”.
Ilustrativo epitafio; pero no lo es menos el de D. José González: “Así feneció, gallarda, patrióticamente, el Antiguo y Glorioso Reino de León”.
Y, por último, en nuestro contexto actual, citaremos a aquellos que utilizan torticeramente la fecha como dato irrefutable para encontrar unas raíces en las que hundir el nacimiento de la actual Comunidad Autónoma, en la que la Región Leonesa se halla encuadrada, tras todo un proceso anómalo, atípico y dudosamente democrático. Con ello parece nacer, especialmente en las interpretaciones posteriores al proceso autonómico que se dio en los años 70 del pasado siglo, un espiritu castellano-leonés que se nos sigue antojando como algo completamente artificial y que, en modo alguno, justifica lo que pretende justificar: la presencia de León en una determinada Comunidad Autónoma, y ello, sin tapujos, hay que repetirlo y reiterarlo cuantas veces haga falta, a espaldas de la opinión popular. Y cito: “Más tarde, en 1157, el Reino se separa con la muerte de Alfonso VII. Castellanos y leoneses han de llevar 73 años de malas relaciones y, en algunas ocasiones, al borde de la guerra civil. Por fin, en el año 1230 se consigue la paz y definitivamente se unen Castilla y León que es el origen del nacimiento de nuestra región”. Esto en la más pura elucubración y en la interpretación más simplista y sesgada, a nuestro entender, de Miguel Angel Millán Abad, autor, entre otros de algunos libros, curiosamente, sobre Valencia de Don Juan.
De modo semejante se expresan otros muchos escribidores a sueldo o personajes completamente mediatizados por esta nueva realidad administrativa, subvencionadora e iguladora de identidades en provecho propio; un simple ejemplo de un tal García Bartolomé, que elegimos, entre varios, por la referencia al Pacto habido entre Teresa y Berenguela, las dos ex-esposas de Alfonso IX, denominado Fabla de Dueñas y al que haremos mención más adelante: “Por el pacto, pontifica este señor, quedaron indisolublemente unidos Castilla y León; otra cosa no hubiera sido si esta página de la historia castellana no hubiera sido escrita”. Sin comentario ¿verdad?
Esta es, en resumen y para no abrumarles con ejemplos que rayan en la más pura estupidez, la más burda de las manipulaciones y hasta lo claramente ofensivo para un leonés medianamente ilustrado o interesado por su historia; esta es, repito, la interpretación más extraña y a la que trataremos de contestar en esta charla. Por esta razón, nuestros argumentos irán en la línea de demostrar, fundamentalmente, que la unión de las dos coronas no supone el nacimiento o la consolidación de una determinada “región”, ni mucho menos en el contexto en el que hoy interpretamos el vocable, un puro mito entonces, justo sería reconocerlo. Y todo ello, sobre todo, buceando en la propia Historia con mayúsculas y no en las leyendas, en los romances, muchos de ellos antileoneses, y en las interpretaciones sesgadas que venimos padeciendo desde hace ya demasiados años. Nos apoyaremos, asimismo, en la Geografía y por esta razón comenzaremos con una breve mirada a los límites de ambas coronas en la fecha de referencia.
I. APROXIMACIÓN GEOGRÁFICA
Los dos últimos reyes de León, Fernando II y Alfonso IX (o mejor, VIII en la línea de sucesión asturleonesa), habían tenido una preocupación constante y casi única: consolidar unos límites muy concretos para su reino, y procurar, por todos los medios, que no le ocurriera lo que al de Navarra; es decir que se quedara sin posibilidades de extenderse hacia el sur. Todo ello basándose en la experiencia heredada de sus antepasados y ante el empuje de dos nuevas realidades políticas emergentes, ambas, curiosamente, desgajadas de sus antiguos territorios y con un real o aparente complejo de Edipo, que éste es uno de los problemas, sin duda: Castilla por el Este y Portugal por el Oeste. En este sentido deben entenderse, con toda seguridad, matrimonios, guerras, paces y tratados que ocurren durante los dos reinados.
Como resultado de todo ello podríamos establecer como límites de la Corona Leonesa en el momento de la muerte de Alfonso IX los siguientes:
Por el Norte, el Reino se extendía hasta el Mar Cantábrico; la frontera del Este descendía casi por el extremo occidental de la actual provincia de Santander (la Liébana era tierra leonesa) hasta encontrar el río Pisuerga que constituyó, en esa zona, durante largo tiempo, la frontera de Castilla. El Sur quedaría delimitado por las últimas conquistas de Alfonso y de los caballeros de las órdenes militares de Santiago y Alcántara que, alrededor de 1220, ya han repoblado el sur de Extremadura y el norte de la provincia de Huelva. Por el Oeste, los límites se encuentran en el Océano Atlántico y en la frontera con Portugal, consolidada por las conquistas o determinada para el futuro por el Tratado de Coimbra que definía las zonas de influencia de cada uno de los tres reinos (León, Castilla y Portugal). Este famoso pacto, como veremos, tuvo lugar el 11 de noviembre de 1212; en dicho pacto, promovido por el papa Inocencio III, se designaron jueces que pudieran resolver cualquier tipo de conflico entre los tres Alfonsos, y el leonés conseguía, de manera definitiva una franja segura de conquista hacia el sur cuyo final sería Sevilla, Ciudad que se dispuso a conquistar en cuanto le fue posible puesto que no confiaba demasiado en los otros firmantes del pacto. La muerte le impediría llevar a feliz término esta idea, cuando ya sus tropas la tenían a su alcance. No olvidemos, también a este respecto, que desde Fernando I, y hacia 1065, este reino de Sevilla pagaba ya las parias al Reino de León.
Estos límites arriba señalados, y que en nada apoyan las tesis oficialistas anunciadas, tienen, además de otras constataciones (culturales, dialectales, etc.) una, claramente geográfica: véanse, a este respecto, los nombres de algunos pueblos que así lo determinan. Así, si por el Este, entre León y Castilla, algunos pueblos se apellidan “de la Frontera”, en el Sur encontramos varios con el apellido “de León”: Fuentes de León, Segura de León, Arroyomolinos de León, etc.
Es decir y como resumen, la Corona Leonesa abarca, fundamentalmente, Asturias, de la que no se separó nunca, Galicia (que estuvo separada sólo en tiempos de García I, y ni siquiera durante todo su reinado), el núcleo del Reino, constituído, al menos, por las actuales provincias de León, Zamora y Salamanca y la Extremadura Leonesa; una extensión aproximada de 120.000 Km2.
Por su parte, los límites de Castilla, se extendían, por el Noreste hasta la frontera con Francia; Navarra le servía de límite por el Este hasta encontrarse con el reino de Aragón, en una delimitación semejante a la actual, más el Reino de Valencia. Las respectivas zonas de influencia para Castilla y Aragón habían sido determinadas y aceptadas en el pacto de Tudilén, firmado ya el 27 de enero de 1151, entre nuestro Emperador Alfonso y Ramón Berenguer IV, cuñado suyo, conde de Barcelona y príncipe de Aragón. Por cierto que este pacto sería tomado siempre como referente para otros tratados posteriores como el de Lérida en 1157, el de Cazorla en 1179 o el de Almizra en 1244 por el que se fijaron los límites de expansión en la región de Levante de las dos grandes coronas peninsulares.
Pero volviendo a los límites del Reino de Castilla y como resumen, diremos que contaba con el País Vasco, la actual Cantabria, la provincia de Santander, por cierto, siempre denominada el Mar de Castilla, la actual La Rioja, la provincia de Logroño, y el resto de lo que luego se denominaría Castilla la Vieja, el Reino de Toledo, además de otros pequeños reinos de Taifas de la parte septentrional de Andalucía y gran parte del Reino de Murcia. Todo ello representaba una extensión aproximada de 160.000 Km2.
Como consecuencia, la unión de la Corona L,eonesa y la de Castilla, en la persona de Fernando III, supone un conjunto territorial de unos 280.000 Km2. Recordemos a este respecto que la actual Comunidad Autónoma de Castilla y León, a pesar de ser reivindicada, cantada y contada, casi cacareada como “la más grande” (aunque, seguramente, no la más “libre”), comprende, “solamente”, 94.147 Km2, de los que 38.363 pertenecen al núcleo del Reino de León o Región leonesa. ¿Qué se han hecho o dónde han ido a parar esos casi 200.000 Km2 restantes que nos faltan en esta suma de Castilla y de León a la muerte de nuestro Alfonso? ¿Dónde queda ahora esa soñada región de tanto relumbrón que estaba en el origen de aquella unión? ¿Habrá que reivindicar, acaso con nueva cruzada, esos territorios que nos han sido escatimados en el reparto? Ridículo argumento, puro humo, demostración de chamarilero venido a menos, pues no resiste ni el menor de los análisis.
Descartando, entonces, la justificación geográfica de la pretendida “unión”, trataremos de encontrar argumentos ahora, por si los hubiere, en lo que se refiere a la propia historia.
II. ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Creemos, a este respecto, y en aras de una necesaria seriedad en el análisis, que debemos considerar, siguiendo el consejo de los analistas de la Historia, todas las circunstancias propias de una fecha y de las anteriores por haber marcado, también en este caso y de manera innegable, el futuro de ambos reinos.
Según Jackson, “León se volvió a separar de Castilla entre 1157 y 1230". (Les recuerdo que el período hace alusión a los dos últimos reyes privativos leoneses, tras el testamento del Emperador Alfonso). Curiosa frase ésta, convendrán conmigo, que culpa a León de una situación en la que fue más sujeto pasivo que activo y, hemos de recordar también aquí, que, si debemos hacer caso a los hechos, que son tozudos, era el Condado de Castilla el que siempre había pretendido independizarse y separarse de León, Reino que, por otro lado, y sobre todo desde Lucas de Tuy parecía haber asumido, por el contrario, el papel activo de la recuperación de la unidad de la patria visigótica; la doctrina del goticismo, como hemos ya señalado.
Recordemos también, en este espinoso tema de las separaciones testamentarias de los diferentes reinos, que nunca se había dado esto en la tradición leonesa y que fue, precisamente, Fernando I el que impondría la visión patrimonial de los reinos dada su formación y procedencia navarra.
Hemos de confesar, sin embargo, que al situarse el Reino de León como beneficiario de esta nueva situación, separado de Castilla, y conociendo a lo largo de estos 73 años de independencia efectiva su mejor momento como nación, también se le trata de hacer protagonista y causante de esta provechosa situación.
Así la define Carlos Cabañas Vázquez en su libro Esto es el País Leonés: “El País Leonés, en la época de su separación de Castilla, vivió el momento más fecundo, rico y creativo de su historia; convivían en él las más diversas razas, lenguas y religiones, con pocos enfrentamientos y un ambiente de tolerancia y libertades”.
No obstante, la línea argumentativa de Jackson parece cuestionar los mismos orígenes de ambos reinos. Hay, para nosotros y para cualquier historiador imparcial y avisado, determinados hechos que son incontrovertibles, bien simples y que enunciamos en forma de preguntas retóricas: ¿Cuál de los dos existió primero? ¿Quién perteneció a quién? ¿Quién se separó, por qué razones y en función de qué intereses e influencias? ¿Qué consecuencias se derivaron de esas separaciones?
Alfonso IX que había nacido en la ciudad leonesa de Zamora, llega al trono en 1188, a los 18 años, y no sin problemas (especialmente por motivos dinásticos, a causa de los deseos de su madrastra, la castellana Hurraca López de Haro, de convertir a su hijo en sucesor de Fernando II, y en plena guerra contra los castellanos). Ese mismo año, en San Isidoro, Iglesia Palatina del Reino y que albergaba los sepulcros de la mayor parte de sus predecesores, ocurre lo que, para unos pocos hace tan solo unos años, para algunos más después del 800 aniversario del hecho, y hoy, por suerte, para casi todos, una vez que hasta el propio rey Juan Carlos se ha pronunciado al respecto, y en palabras de J. P. Aparicio, ocurre, digo, “el hecho más excelso de la historia de los pueblos de España” y al que el mismo escritor ha comparado bien recientemente con el descubrimiento de América: la Carta Magna Leonesa.
Sin extendernos en la explicación de estas Cortes, hoy día harto conocidas y celebradas como la primera manifestación del Parlamentarismo moderno, diremos como resumen que en ellas se recogen muchos de los derechos humanos todavía vigentes:
- Defensa de la persona contra los abusos del poder.
- No discriminación por razón de sexo ni de estatus social ni de religión
- Inviolabilidad de correspondencia y domicilio… (que ya tenían antecedentes en el Fuero de León de 1017 otorgado por su tatarabuelo Alfonso V, El de los Buenos Fueros)
Todas estas pretensiones, en una sociedad de la Edad Media causaban, sin ningún género de dudas, innegable temor, sobre todo en la Nobleza y en el Gran Clero, los cuales darán al nuevo rey (Fernando III) todo tipo de apoyo para que éste restaure la situación anterior.
Las conquistas realizadas, gracias al arrojo de las mesnadas leonesas, en Huelva y en Sevilla, puestas en manos de estos nobles sumisos e interesados, darán lugar, por ejemplo, a los latifundios andaluces. ¡Qué poco cambian los tiempos y cómo se cobran las traiciones contra aquellos a los que, por obligación o devoción, habría que defender! Ayer eran los nobles y hoy son esos que se autodenominan, pomposamente, los representantes de la voluntad popular. ¡Qué ironía!
En una sociedad en la que se da una clara “preponderancia de lo movedizo, representado por una monarquía ambiciosa y expansiva, Castilla (y estamos utilizando, de nuevo, palabras de J. P. Aparicio), su monarquía y aristocracia gozaban de ocasión de medro más favorable (...), tan favorable como para arrastrar (incluso) la voluntad de los poderosos leoneses.
Parece claro, sin embargo, que la unión de los intereses de los dos últimos reyes de León y de éste su pueblo habían sido muy diferentes a esas ideas expuestas por lo que al otro reino se refiere y podrían concretarse como sigue: fijación de unas fronteras definidas y profundización en los aspectos jurídicos, cuestión ésta de suma importancia para una colectividad, para un país, si no quiere convertir las relaciones entre sus individuos en lo que algunos han denominado la ley de la selva, el poder del más fuerte y, como consecuencia, el aplastamiento del más débil.
Definiremos estos aspectos en tres apartados muy concretos:
1. POLÍTICA MATRIMONIAL
Los matrimonios de Fernando II y Alfonso IX son claramente dictados por “necesidades del Estado”. Ambos tratarán, en un primer momento, de encontrar una alianza segura con Portugal y quién sabe si un acercamiento definitivo a este reino que, unos pocos años atrás, en 1143, se había separado de la Corona Leonesa por los afanes de notoriedad y poder desarrollados por la infanta Teresa de León, hija ilegítima de Alfonso VI y una noble berciana, Jimena Muñiz. Por esta razón se llevarán a cabo los matrimonios de Fernando de León con Urraca de Portugal y de Alfonso con Teresa.
Uno y otro serán declarados nulos y, como si el hijo hubiera aprovechado la experiencia de su padre, se producirá en ambos casos aquella vieja maniobra política que sigue el consejo conocido: “si no puedes vecer a tu enemigo, alíate con él”; de este modo los reyes de León desposarán posteriormente dos infantas castellanas: Urraca López de Haro y Berenguela, hija esta del rey de Castilla Alfonso VIII, según el nomenclator impuesto por los historiadores ortodoxos, pero primero de este reino y declarado enemigo confeso de León. Se reproduce, asimismo, la solución de compromiso y un arranque de generosidad, exactamente los mismos que, en su momento y ante las reiteradas traiciones del conde castellano Fernán González, encontraría Ramiro II que, sin embargo, no utilizó ni con sus primos, los descendientes de Fruela en Asturias ni con su propio hermano Alfonso IV, a los que condenó a la desorbitación.
Fernando II, sin embargo, y como si esta medida le repugnara, intentará primero una solución intermedia: el matrimonio con Teresa Fernández (que desgraciadamente moriría muy pronto), noble gallega emparentada con el clan de los Lara, poderosa familia casi siempre detrás de la mayoría de las intrigas habidas en ambos reinos.
2. POLITICA EXTERIOR
Entraremos ahora a desbrozar lo que hemos denominado política exterior o, dicho de otro modo, las relaciones con el resto de los reinos de la Península, algo que nos pondrá sobre la pista de los objetivos de nuestros dos últimos reyes privativos.
Alfonso VII, el Emperador, muere en el sitio de la Fresneda, provincia actual de Toledo, en 1157 y reparte su reino entre sus hijos; algunos historiadores no dejan de razonar el hecho desde el punto de vista de la imposibilidad de convivencia entre los dos grandes reinos que lo componen o incluso en el coste que suponía tratar de mantener esta condición de imperio, nacido, de cualquier modo, de la tradición leonesa y no de la castellana que había sido un reino independiente durante un breve espacio de tiempo, con el hijo de Fernando I, Sancho, muerto, es bien conocido, al pie de las murallas de Zamora.
Como se sabe, el segundo hijo del Emperador, Fernando, marcha precipitadamente a León para hacerse cargo del reino “como si temiese alguna maniobra de su hermano” Sancho que había heredado Castilla; esto en palabras de Alvarez Palenzuela. Entre otras razones, había quedado una cuestión pendiente y era la delimitación efectiva entre ambos reinos, especialmente en esa línea difusa y cambiante al albur de los caprichos de los nobles de la zona o a la belicosidad de los reyes de turno; nos referimos, naturalmente a la denominada Tierra de Campos, para muchos, sin embargo, siempre asociada a las tierras de León bajo el conocido nombre de los Campos Góticos.
Por otro lado, el problema con Portugal se agrava al no llegarse a un acuerdo con Alfonso I Enriquez y al haberse establecido un pacto previo de amistad (firmado en Sahagún en 1158) entre León y Castilla que determinaba, incluso, una posible repartición de dicho reino en proceso de formación.
La desconfianza mutua y el recelo del portugués provocarán la realización de actos violentos en la frontera, la sublevación de Salamanca (con la efectiva ayuda de Portugal), dos nuevas entrevistas con Alfonso, la repoblación de Ledesma y Ciudad Rodrigo, la delimitación de la frontera en la comarca de Tuy por medio del Tratado de Lérez (1165) y el matrimonio de Fernando con la infanta portuguesa Urraca, como ya hemos comentado anteriormente.
Nuevos avances portugueses en el reino moro de Badajoz, que no agradan a Fernando, enfrentarán de nuevo a suegro y yerno, decidiendo este último la firma de una alianza transitoria “con el infiel” que fue calificada de “escandalosa”. Sin embargo, en esta situación política de arenas movedizas, la mayor parte de las veces, en 1171, los leoneses ayudarán eficazmente al rey portugués en su ataque contra Santarén, zona claramente de conquista portuguesa, hecho que vendrá a significar, por lo tanto, la ruptura de la amistad con el pequeño califa.
Convendremos, de cualquier modo, a la vista de los hechos y de nuevo con Alvarez Palenzuela, que “Fernando II es coherente con los intereses de su reino, tanto cuando colabora con los musulmanes para impedir que los portugueses tomen Badajoz, o para lograr que le devuelvan sus conquistas en la frontera, en 1170, o cuando derrota a los portugueses en Argañal, en 1179, como cuando, gracias a su intervención, los portugueses salvan Santarén en dos ocasiones, en 1171 y, sobre todo, en 1184.
En 1178 se producen nuevos ataques contra las fronteras del reino, esta vez por parte de los castellanos. El problema se agrava ya que, al año siguiente, Fernando se verá obligado a combatir en dos frentes, pues los ataques se producirán, de una forma coordinada, por parte de castellanos y portugueses. La gravedad de la situación hace que el Rey convoque dos Curias, pero no consigue despertar el entusiasmo de los nobles y obtener recursos para la guerra, dado que algunos de ellos tenían intereses a ambos lados de la frontera.
De nuevo aquí se impone una referencia hacia su sucesor Alfonso que, en situación similar, permitirá y favorecerá la incorporación a estas curias, del denominado tercer estamento, los representantes populares que, ellos sí, le prestán una efectiva ayuda.
Pero volviendo a la situación delicada de Fernando II de León, diremos que, a regañadientes, éste firma el tratado de Fresno-Lavandera en junio de 1183, intentando, una vez más y ya van muchas, que se establerieran los límites de León y Castilla y sus áreas de influencia en la conquista, al menos hasta 1193. Sin embargo, la voracidad del rey castellano le lleva a no respetarlo y, apenas cinco años más tarde, en los momentos más que difíciles de la muerte y sucesión de Fernando, invadirá el reino y llegará en su avance por el sur hasta Coyança (Valencia de don Juan).
La amenaza de una previsible alianza anticastellana que se está gestando entre Portugal, Aragón y León, por la que venía abogando desde hacía años Alfonso II de Aragón ante esta nueva realidad castellana que todos temían, frenó los ímpetus belicosos del rey de Castilla y decidió a éste a pactar con León. Se produce entonces una primera entrevista y posteriormente la Curia de Carrión en la que Alfonso IX es armado caballero por su primo (si bien hay que señalar que en el acto queda claro que no existe ningún tipo de sometimiento ni relación de vasallaje) y se compromete en matrimonio con una infanta castellana. Cabe señalar, como anécdota, que, en la misma ceremonia fue armado caballero el Principe Conrado de Suabia, hijo del Emperador Federico Barbarroja de Alemania. El citado príncipe había venido con el objetivo de desposar a la Infanta Doña Berenguela, algo que no pudo hacer debido a la oposición de ésta. De cualquier modo, hemos de recordar que el rey de Castilla, sin embargo, no renuncia, tampoco, explícitamente a sus conquistas en León. Todo ello sigue entonces avivando el sentimiento anticastellano entre los leoneses así como en Aragón, pues ambos reinos ven en Castilla un peligro para el equilibrio entre las diferentes entidades e identidades del momento.
Se llega así, tras una serie de reuniones y de acuerdos, previos a un nuevo tratado, el Tratado de Huesca (1191), en el que participa también el rey de Navarra, Sancho IV, acordándose la guerra contra Castilla y el matrimonio del rey leonés con Teresa de Portugal.
Una serie de circunstancias que podríamos resumir en la muerte del rey navarro, la nulidad del matrimonio de Alfonso IX cuando ya habían nacido de él tres hijos, las preocupaciones ultrapirenáicas y mediterráneas del aragonés y el avance incontenible de los almohades, todo ello desaconseja una guerra que algunos habían ya comenzado aunque con muy poco entusiasmo.
A comienzos de 1194, se iniciaba un nuevo acercamiento entre León y Castilla sellado con un tratado de amistad en la localidad de Tordehumos, incoherente, lleno de falsas buenas intenciones y, por lo tanto, muy breve. Al año siguiente se produce la estrepitosa derrota de Alarcos en la que el castellano, juzgando imprudentemente el número de los combatientes almohades, decide comenzar la batalla antes de la llegada de los soldados leoneses y de los navarros a los que pretendía, de este modo, no invitar tampoco al subsiguiente botín. Esta situación produce un nuevo enfrentamiento y la creación de un nuevo frente anticastellano que también apoya Navarra; Alfonso el leonés consigue atraer hacia sí, incluso a los musulmanes lo que reproduce la antigua política de acercamiento al “infiel” comenzada por su padre Fernando.
Como consecuencia de todo ello, el leonés es excomulgado lo que faculta a sus enemigos cristianos a invadir su reino. A ello se deciden de manera feroz Portugal, Aragón y Castilla lo que trae como consecuencia verdaderas devastaciones fundamentalmente en la frontera del Este.
Falto de apoyo por la poca combatividad de Navarra y ante la tesitura del descrédito por mor de su excomunión, además de la tregua ofrecida por el Califa a Alfonso el de Castilla, nuestro Alfonso no tiene otra salida que la de un matrimonio de compromiso, esta vez con Berenguela, la hija del rey castellano. Enlace efímero también, por el parentesco de ambos esposos que, además de no solucionar ninguno de los problemas entre los dos reinos (se agravarán, incluso, con la ruptura del matrimonio) trae como consecuencia, esta vez, la enemistad con Portugal.
Postponiendo estos y otros muchos problemas entre los reinos cristianos, puesto que se predica por entonces una cruzada contra los árabes, se firman una serie de paces y tratados (entre León y Castilla, la Paz de Cabreros) y todos se preparan para la lucha contra el enemigo común. Pero, curiosamente, mientras se produce la batalla de Las Navas, Alfonso IX que no participa, aprovecha la ausencia de su primo y se apodera de algunas posiciones fronterizas que venía reclamando desde antiguo (incluso en época de su padre) como pertenecientes al Reino de León. Por lo que se constata, tampoco los leoneses de aquella época olvidaban fácilmente sus justas y razonadas reivindicaciones.
Tras la batalla de las Navas, en 1212, comienza el derrumbe del imperio almohade y se abren para los reinos del Norte grandes posibilidades de conquista. Algo semejante a lo ocurrido tras la batalla de Simancas en época del gran Ramiro II. En estas condiciones, el acuerdo es fácil pues garantizaba aquello por lo que León venía trabajando con ahinco y sin desmayo desde la división del imperio de Alfonso VII: una reserva de conquista hacia el sur. Así, en noviembre de ese mismo año 1212 se firma el acuerdo de Coimbra (el llamado el de los tres Alfonsos) y se pone momentáneo fin a las disputas y luchas fronterizas.
Comienza incluso una época de tímido acercamiento entre los tradicionales enemigos, León y Castilla, por medio del matrimonio de Enrique, el nuevo rey de Castilla, y Sancha, heredera del trono de León tras la muerte prematura del heredero Fernando, con 22 años y sin dejar descendencia.
Sin embargo, la indecisión de Alfonso, no demasiado convencido de las bondades de esta solución y, sobre todo, la muerte del joven rey castellano impiden la puesta en práctica de esta idea. Como consecuencia de esta muerte inesperada, aparece una grave crisis sucesoria en Castilla habilmente explotada a su favor por Berenguela, hermana del difunto y ex-esposa de Alfonso de León, la cual cede a su hijo los derechos del trono de Castilla.
Para el rey de León, la solución es una verdadera catástrofe pues las tierras del Infantado (los Campos Góticos) que pertenecían a su hijo Fernando, como consecuencia del pacto de Cebreros, pasaban así a Castilla, algo que los leoneses no están dispuestos a tolerar. Por esta razón el rey invade inmediatamente Castilla y logra, por medio de un nuevo tratado que, al año siguiente (estamos en 1218), se rectifique la frontera favoreciendo a León.
Liberado de esta preocupación, el rey pasa sus últimos años en una especie de agitada campaña de conquistas (Mérida, Cáceres, Talavera la Real, Badajoz, etc), de repoblaciones y de concesión de fueros, haciendo país y tratando de llegar hasta Sevilla, como hemos señalado, límite del reino por el sur, para asegurar, de una vez por todas, la frontera de su reino. Cuando el 24 de septiembre de 1230, peregrino a Santiago, le sobreviene la muerte en Villanueva de Sarria, Sevilla ya estaba al alcance de su mano, pero Alfonso no podrá ver cumplidos sus sueños de conquista.
En resumen podemos afirmar que este período de 73 años de la historia del Reino de León fue sin duda turbulento, pero nos demuestra, de una manera clara y reiterada el orden de prioridades y los deseos de la monarquía reinante.
3. LA ACTIVIDAD LEGISLADORA
Alfonso IX, recien llegado al trono y además de las intrigas palaciegas promovidas por su madrastra Urraca la cual pretendía el trono para su hijo Sancho, se encontró ante un grave apuro: las tropas castellanas de su primo, el otro Alfonso, penetraban por la Tierra de Campos. Convocó entonces a toda su corte para una asamblea o Curia y pidió, en palabras de Luis Suarez, “a las ciudades y villas, las más importantes de su Reino que acudiesen también, haciéndose representar por medio de procuradores. (...) Se había establecido el gran principio revolucionario de que el tercer estamento tenía la misma voz que los dos primeros en cuanto atañía a los asuntos del reino”
Pero nos cabe ahora una pregunta ¿por qué se da precisamente en León lo que, según Carretero, “podría ser denominada la Carta Magna española, anterior en varios años a la inglesa (...) y más liberal y democrática que la de Juan sin Tierra”? La conquista de las libertades para un pueblo no es nunca un hecho casual ni surge por generación espontánea; necesita, a mi entender, fundamentalmente dos cosas: una conciencia bien definida de colectividad y unos “hábitos” especiales de convivencia.
Desde el castro al municipio, pasando por las condiciones de la reconquista y la constitución de los nuevos núcleos de población como comunidades de hombres libres, podemos afirmar sin duda, que estas condiciones subyacen en la vida de los habitantes del solar leonés. Todo ello ha ido constituyendo unas costumbres, unas instituciones (los concejos), unas propiedades comunales e incluso un derecho, que tendrán reflejo en un largo proceso que pasa por varios momentos importantes; en un apretado resumen señalamos:
Las leyes que se conocen como el Fuero de León de Alfonso V dadas en 1017 y que el mentado Luis Suarez considera como “la primera piedra del efificio de la libertad. Para toda Europa y no solo para el pequeño rincón de la Península”.
El Concilio de Coyanza en el que, además de contemplarse aspectos referidos a la vida de la Iglesia, el rey Fernando refrenda solemnemente y acepta los compromisos de los monarcas anteriores (fundamentalmente Alfonso V) y dicta reglas de convivencia para los súbditos de sus reinos.
Los sucesivos Fueros otorgados a las diferentes ciudades y villas del Reino y los concilios y Curias Regias, especialmente las dos convocadas por Fernando II en 1178, ante el ataque de los castellanos, hasta desembocar en el reinado de Alfonso IX que toma, sin duda, como modelo, ampliándolo, el mismo que fue utilizado diez años antes por su padre.
Con estas tres premisas a las que venimos haciendo alusión y que recogemos de nuevo, a los efectos de una mejor comprensión (la política matrimonial, la política exterior y la actividad legisladora), estaremos en disposición de entender mejor los acontecimientos que se producen a la muerte de Alfonso IX y que pasamos a considerar de inmediato.
III. LA SUCESIÓN A LA CORONA LEONESA
Alfonso muere, como hemos comentado, camino de Santiago en cuya catedral está enterrado al lado de su padre Fernando (por cierto, presididos sus sepulcros por sendos escudos de Castilla y de León, en el summun de la incongruencia), dejando expresamente como herederas de su reino o reinos, si consideramos las entidades de Asturias y Galicia, a las hijas habidas de su primer matrimonio con Teresa de Portugal, Sancha y Dulce, ya que el primogénito, Fernando, había muerto, como hemos recordado anteriormente, sin herederos. La voluntad clara del difunto rey, en su testamento, determinaba que desconocía los derechos de su segundo matrimonio con Berenguela, manifestando su negativa expresa a que reinara en León su hijo Fernando, entonces ya Rey de Castilla. Existía, incluso, una promesa firme de la Orden de Santiago de defender estos derechos contra las posibles apetencias de Fernando.
Este hecho, esta decisión que algunos historiadores mediatizados por la interpretación más despectivamente oficialista han llegado a calificar como “de un salto en el vacío”, enlaza, sin embargo, de manera clara, con el celtismo imperante en el Reino de León. Urraca, por ejemplo, ya había sido reconocida como sucesora de Alfonso VI y además en las propias Cortes de 1188 se había determinado de manera clara la “no discriminación por razón de sexo”. Existía, además, un precedente inmediato en la propia Berenguela que había conseguido los derechos de sucesión de su padre Alfonso VIII de Castilla. ¿Lo que sirve para unos por qué no debería servir para otros?, cabe preguntarse.
Fernando que se hallaba, en aquel momento, combatiendo en Jaén, suspende el ataque por indicación de su madre y se encamina a toda prisa a la urbe regia para hacerse coronar. La diplomacia, sin embargo, se mueve delante de él y se produce el episodio conocido como las “fablas de dueñas” que, en resumen, es como sigue: Berenguela concierta en Benavente (algunos autores hablan de Coyança) una entrevista con las verdaderas herederas y su madre Teresa y llega al acuerdo de comprar los derechos de sucesión por 30.000 maravedíes anuales para cada una.
Fernando, sin embargo, no se atreve a llegar hasta León donde, según García Bartolome, “había numerosos partidarios de las infantas”. Cosa lógica, opinaría cualquiera, por ser las herederas legítimas y por la serie de problemas que venían siendo causados durante siglos desde la frontera del Este. Por esta razón se hace coronar en Benavente, algo verdaderamente insólito según la costumbre de la urbe regia.
El Maestre de Santiago rompe su promesa (¿nos suena a la actualidad, verdad?) y por ello es incluso excomulgado por el Papa, pero ante las exigencias del Alto Clero será perdonado más tarde. Nadie piense, sin embargo, que la situación se soluciona de una forma tan sencilla; si abrimos cualquier texto de historia veremos alusiones a revueltas leonesas (las más inmediatamente cercanas a los hechos, en Zamora, Ciudad Rodrigo y Salamanca) que tuvo que reprimir Fernando. Y, otra vez en la apreciación de Aparicio, “cuando el rey sofoca la resistencia, el inquietado lector no tiene más remedio que liberar un suspiro de alivio. ¿Qué demonios querían aquellos leoneses que no aceptaban a Fernando III, santo además? Aquí no queremos inventarnos nada (...). Si alguien quiere expresar los deseos leoneses de la época le basta con un solo vocable: libertad.
El botín es sabroso y suculento para los vencedores y para los traidorzuelos que se venden por algo más que aquel socorrido plato de lentejas bíblico; la consecuencia, en este caso, según Sanchez Albornoz (nada sospechoso de veleidades leonesistas, dado su origen castellano), “un pueblo que no conocía el régimen feudal, ve cómo los nobles van acrecentando sus señoríos, de qué manera menguan sus libertades y hasta qué punto, una de sus instituciones más señeras, el Concejo Abierto, se transforma o desaparece para ser sustituído por los ayuntamientos que, desde su constitución, quedan en manos de unas pocas familias.
¿LA UNIÓN DEFINITIVA?
A partir de ese momento, el Reino de León aparecerá encuadrado en una unidad más amplia que ha venido denominándose, para abreviar, Corona de Castilla o simplemente Castilla en un absurdo y ofensivo reduccionismo; sin embargo, seguimos manteniendo, con argumentos sólidos, que nunca perdió su identidad a pesar de los siglos y los esfuerzos invertidos en ello. Hay que decir, a pesar de todo, que el sentir leonés (e incluso el español) se encontró muchas veces oculto tras unos intereses que nunca habían sido los suyos (políticas de las casas de Austria o de Borbón) y sobre todo en nombre de lo que ha sido una cruz que ha lastrado, sin necesidad, la identidad leonesa por no ser ambas incompatibles, eso que algunos han denominado “la sagrada unidad de España” o “los intereses de Estado”. ¿De qué estado, podrían preguntarse muchos? ¿Del estado de postración al que León ha venido siendo sometido?
Aquella integración, nadie se engañe, no debió ser tan sencilla como algunos pretenden que nos creamos. Además de esas inmediatas reacciones de protesta, a las que aludíamos más arriba, se produjeron otras a lo largo de toda la Edad Media. Recordaremos solamente las más importantes:
- Antes de la muerte de Alfonso X se produce un problema sucesorio en el que interviene el propio príncipe Sancho. Hay levantamientos en Zamora, donde el príncipe llega a establecer una corte separada de la de su padre, en Toro y en Sahagún. El rey pide ayuda a los árabes y finalmente derrota a los leoneses. Como fruto de esta ayuda a quien será luego Sancho IV, los habitantes de estas tierras recobrarán algunos de sus antiguos privilegios.
- A la muerte de este rey, bajo la regencia de María de Molina, de nuevo constatamos enfrentamientos entre leoneses y castellanos. El príncipe don Juan, apoyado por gallegos, portugueses y aragoneses, reinó, con el nombre de Juan I en Galicia, León y Sevilla de 1296 a 1301 durante la minoría de edad de Fernando IV.
- Durante el reinado de Alfonso XI, la muerte de los regentes leoneses originó nuevas desavenencias y, así, en 1315 se acordó que los alcaldes del Reino de León se reunieran cada año por noviembre en Benavente. En ese mismo año se derogan los privilegios que Alfonso IX había otorgado a los judíos leoneses, estallan nuevas revueltas y estas terminan, como tantas otras veces, enriqueciendo más y más a la nobleza. En 1325 el rey se deja llevar por los consejeros castellanos y se organiza la matanza de los leoneses que habían intentado la rebelión o que la habían apoyado (Don Juan es asesinado en Toro, Osorio en Valderas, etc.), lo que produce una nueva rebelión de las ciudades leonesas. A estos episodios, sin embargo, algunos autores tienen el atrevimiento, y la poca vergüenza intelectual, de denominarlos “luchas internas castellanas” (Diccionario Enciclopédico Plaza y Janés).
- En la lucha dinástica entre Pedro I y Enrique de Trastamara (a pesar de ser éste hijo de una tataranieta de Alfonso IX de León, Leonor Núñez de Guzmán Ponce de León), los leoneses apoyaron a quien, a la postre, sería el perdedor, lo que les vale nuevas purgas y limpiezas varias; en estas guerras participan figuras tan conocidas como Men Rodríguez de Sanabria (héroe de la novela de Gil y Carrasco) o Fernando de Castro.
- Durante la minoría de edad de Enrique III existe todavía la costumbre del nombramiento de un regente por León (Ferrán de Aspariegos, en este caso) y otro por Castilla. Se produce también por estos años, el intento de Don Fadrique, descendiente de Alfonso IX, de coronarse rey en León, apoyado, eso sí, por Zamora, Benavente, Salamanca, Villalpando, etc., y finalmente vencido en Roa (1397), 196 años después de aquella unión que algunos habían calificado de “indisoluble".
Mas, dejando a un lado las guerras, y rastreando otros indicios de una más que evidente falta de unidad en este conglomerado creado por los intereses de los unos y el conformismo culpable de los otros, encontraremos los siguientes:
- Alfonso X redacta las leyes godas para los reinos de León y de Toledo, lo que nos lleva a inferir que el rey consideraba que estos territorios tenían un sistema legislativo diferente del que regía en el reino de Castilla. Todos sabemos que las leyes son algo que marca de manera más clara las diferencias entre países.
- Por la misma época se celebran cortes en Zamora, estableciéndose los representantes de las ciudades (9 por Castilla, 8 por León y 6 por Extremadura). Consecuentemente podemos deducir que tanto Extremadura como León como Castilla eran consideradas entidades muy diferentes bajo una misma corona.
- Por otro lado, no está de más recordar que hasta el siglo XV, las cortes de León no comenzarán a reunirse con las de Castilla. La causa por la que lo hacen no es por deseos de unión sino para vigilarse mutuamente, por recelos, envidias y odios; en algún caso, incluso, sus representantes llegaron a enfrentarse a golpes delante del rey.
- Una última reseña podría referirse a la época del Emperador Carlos, entre cuyos títulos exhibe el de “Rey de León”. Pues bien, en sus ausencias de España, deja como gobernador del Reino de León al Conde de Benavente mientras le acompaña por Italia y Alemania el Marques de Astorga. Sin olvidar, en este sentido, la propia figura del Adelantado Mayor del Reino de León, institución que se mantuvo hasta el siglo XIX.
Esta división conoce diversos ensayos (Foridablanca, Llorente, el Trienio Liberal, etc.), hasta llegar al decreto del 30 de noviembre de 1833, de Javier de Burgos, por el que se divide el territorio nacional en cuarenta y nueve provincias y que, con la partición de Canarias en dos, en la época de Primo de Rivera, llega hasta nuestros días.
Pues bien, con algunas variantes, en todas esas divisiones se ha reconocido siempre una entidad particular denominada Reino de León o Región Leonesa y que comprende las provincias de León, Zamora y Salamanca. En el intento, incluso, de la Primera República (1873) para incluir a León dentro de Castilla la Vieja, se produce una inmediata y contundente respuesta por parte de la Diputación Leonesa, pidiendo a los Estados Generales ser un estado autónomo de la República Federal. Dicha República, como sabemos, fue abortada por la Restauración Borbónica del año siguiente tras el pronunciamiento del general Martínez Campos.
CONCLUSIONES
A lo largo de esta reflexión sobre la pretendida unión de los reinos de León y de Castilla, de la ocultación de León y de esa fecha de 1230 invocada como exorcismo, encantamiento o hechizo contra díscolos leoneses que siguen cuestionando una realidad política impuesta, he pretendido, además de considerar la propia unificación, sus circunstancias y consecuencias, comentar también las posibles causas y tomando para ello como testigos más que fiables a la geografía y a la historia misma que rodea esos hechos. Y ya que, como sabemos, es muy difícil explicar la delicada situación de aquel momento (y de cualquier otro de una determinada época), sobre todo extrayéndolo de su contexto, uno se ha visto obligado también a comenzar hablando de fechas anteriores para poder acometer con mayor fiabilidad el tema en sí.
Por todo ello podemos afirmar, ya para poner fin a esta charla, que, por lo que hemos constatado, ni existió ni existe tal unión, ni tampoco la identificación que se pretende de lo leones como castellano, y mucho menos se puede seguir argumentando que nos encontramos ante el antecedente más palmario de las raíces de la comunidad autónoma en la que, una vez más hay que repetirlo, no solo nos integraron contra nuestra voluntad sino que se usaron las trampas más saduceas para dar a la situación un tinte de democracia y modernidad.
Ante todo este cúmulo de lo que hemos calificado como un MITO, solo cabe una solución: conocer nuestra historia y divulgarla para que, en el conocimiento, nadie sea motivo de manipulación o engaño; no nos sorprenden reacciones como las que hemos padecido y constatado cuando, desde el poder alguien ha sido capaz de expresarse del modo que vais a comprobar, pues nada hay más intimidatorio, nada produce más terror en este país y sobre todo en aquellas épocas de despertar democrático que sacar en procesión el espantajo amenazante de la ruptura de España:
El 30 de junio de 1978 se constituye el Consejo General de Castilla y León. El Presidente de dicho Consejo General, José Manuel García Verdugo envió una carta a todos los alcaldes de las provincias integrantes para advertirles sobre una campaña disgregadora: "En esta campaña que pretende la división de castellanos y leoneses parecen estar implicados claros enemigos de la Constitución y de la democracia, y representantes de intereses egoístas e insolidarios. Su gravedad es indudable, ya que provoca discrepancias y enemistades, precisamente en momentos que requieren serenidad y sosiego". Además del mito, injustificado a todas luces, el miedo que, como dice el refrán, intenta guardar la viña; la suya y la del vecino, claro está.
Por mi parte, y tratando, a pesar de todo, de terminar en una actitud de esperanza en el futuro, solo quisiera aportarles el conocido consejo de Ambrosino a Rómulo en la novela de Massimo Manfredi, La Última Legión: "Cuando se huye y uno deja todo a sus espaldas, el único tesoro que podemos llevarnos con nosotros es la memoria. Memoria de nuestros orígenes, de nuestras raíces, de nuestra historia ancestral. Solo la memoria puede permitirnos renacer de la nada. No importa dónde, no importa cuándo, pero si conservamos el recuerdo de nuestra pasada grandeza y de los motivos por los que la hemos perdido, resurgiremos”.
¡QUE ASÍ SEA!
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