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domingo, noviembre 15, 2009

El Rey Alfonso IX Fernández de León, un heterodoxo genial en la Alta Edad Media Hispana

El Anuario 2007 del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo” (C.S.I.C.) acaba de ver la luz y entre sus documentados artículos hay uno que lleva por título:

El Rey Alfonso IX Fernández de León,
un heterodoxo genial en la Alta Edad Media Hispana

El documentado artículo (tiene 117 referencias bibliográficas) es obra de D. José María Manuel García-Osuna y Rodríguez, leonés, médico de familia y Doctor en Historia, quien también presentó dicho trabajo al Instituto Leonés de Cultura para su publicación, sin embargo el ILC lo encontró “demasiado largo”.

Es de agradecer que nuestros hermanos zamoranos demuestren más interés por este gran rey leonés, tan desconocido en España en general y en el Reino de León en particular y a quien se deben las primeras y segundas cortes democráticas de Europa (Las de 1188 en León y las de 1202 en Benavente).

Quien esté interesado en hacerse con el anuario puede dirigirse al:

Instituto de Estudios Zamoranos “Florian de Ocampo”
C/Ramos Carrión, 11
49071 Zamora

Tlfns. 980 51 49 63 – 980 53 04 86
FAX: 980 53 04 86
Correo electrónico: iez@helcom.es

lunes, septiembre 28, 2009

FIESTA Y LITURGIA DE LA CORONACIÓN IMPERIAL

Publicó ayer el compañero Alfredo un artículo suyo del pasado año sobre la Coronación Real así como la correspondencia que, en aquella ocasión, cruzamos.

Por aquel entonces, recuerdo que anduve buscando entre mis libros uno que lleva por título

La coronación de Alfonso VII de León

obra de Emilio Hurtado Llamas y Antonio Viñayo, editada por Caja España en 1979

Lamentablemente mi biblioteca no está excesivamente bien catalogada y cuando por fín lo encontré, el asunto había perdido actualidad. Sin embargo, puesto que este año volveremos a tener la representación de la Coronación de Alfonso VII el Emperador, me parece oportuno copiar a continuación cuanto dicen los autores sobre dicho evento, además de insistir en que había un rito ceremonial para la unción de los Reyes de León pero que, en el caso de Alfonso VII, que ya había sido ungido como Rey de León en su infancia, a lo que nos referimos es a su coronación imperial por la que le rindieron vasallaje, según estudiábamos en cuarto de bachiller (13/14 años) del Plan de 1953, "todos los reyes moros y cristianos de la península y casi todos los del sur de Francia".

Y sin cansaros más, os dejo lo publicado en el libro arriba citado:

Para el 26 de mayo de 1135 había dispuesto Alfonso VII recibir la investidura imperial en la catedral de León. El protocolo, las ceremonias litúrgicas y los festejos populares del acontecimiento nos los transmite, con puntillosa minuciosidad de reportero de acontecimientos sociales, un contemporáneo anónimo, aunque los investigadores sospechan, con muy sólido fundamento, que el autor fue el catalán Arnaldo, que llegó a León en el séquito de doña Berenguela y que después sería nombrado obispo de Astorga. En la historiografía española se conoce su obra con el título de Chronica Adefonsi imperatoris. Hoy poseemos una excelente edición crítica, publicada por Luis Sánchez Belda. El relato de las fiestas de la coronación imperial, traducido del latín, en cuyo idioma está escrito el texto original, es el siguiente:

«En el año 1135, fijó el rey la fecha de celebrar concilio en la ciudad regia de León, en 26 de mayo, en la solemnidad de Pentecostés, congregando a los arzobispos, obispos y abades, condes y príncipes, jefes militares y jueces de todo el reino. En el día señalado, se reunió el rey con su esposa, doña Berenguela, su hermana la infanta doña Sancha; con ellos, el rey García de los Pamplonicas. Obedientes a la indicación real, todos acudieron a León. Se congregó también un gran número de monjes y clérigos y una inmensa muchedumbre del pueblo llano, deseosos de ver y de escuchar o de predicar la palabra divina.

En el primer día del concilio tanto las clases altas como las más populares se congregaron con su rey en la iglesia de Santa María y allí discutieron lo que se dignó inspirarles, en su bondad, Nuestro Señor Jesucristo, para la salvación de las almas de los fieles cristianos. Al día siguiente, que coincidía con la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, arzobispos, obispos, abades, nobles y plebeyos y todo el pueblo, se congregaron nuevamente en la iglesia de Santa María con el rey García y con la infanta doña Sancha. Por inspiración divina se propusieron entronizar como emperador al rey Alfonso, en atención a que el rey Zafadola de los Sarracenos, el conde de Barcelona, el conde Alfonso de Tolosa y muchos condes y duques de Gascuña y de Francia le habían prometido vasallaje. Cubrieron al rey con un manto muy rico, bordado exquisitamente; impusieron sobre su cabeza una corona de oro puro y piedras preciosas; le colocaron entre las manos el cetro. El rey García le sostenía el brazo derecho y el obispo de León, don Arias, el izquierdo y, entre obispos y abades, lo llevaron al altar de Santa María entonando el “Te Deum laudamus” y aclamándole con vivas a Alfonso Emperador.

En el altar le bendijeron y celebraron la misa con rito festivo. Terminada la ceremonia cada uno regresó a su alojamiento.»


Ceremonia civil


No poseemos muchos datos sobre las ceremonias civiles en los días de la coronación. Por otra parte, no tiene demasiado sentido, en plena Edad Media, diferenciar las ceremonias civiles de las litúrgicas en la consagración de un emperador, cuando ambos campos se entrecruzaban. Con todo, podemos conjeturar el talante y la proyección civil del acto de la coronación imperial.

En primer lugar, todo parece indicarnos que el modelo que de intento se pretendió imitar fue la consagración en Roma del emperador Carlomagno en la Navidad del año 800y también podemos suponer la influencia de la liturgia consecratoria de los emperadores posteriores del Sacro Romano Imperio Germánico. La Chronica Adefonsi nos trasmite, acaso sin pretenderlo, datos muy explícitos en los que aparece un sorprendente paralelismo entre la coronación del emperador leonés y la de los emperadores germánicos. Así, se nos da a entender que el rey Alfonso VII reunió una asamblea o concilio para el mejor ordenamiento de su reino, sin que aparezca la idea ni la intención de la coronación imperial. Esta, según el cronista contemporáneo, se impone por la espontánea aclamación de los asambleístas, aunque sepamos de quién partió la iniciativa. Lo que sí nos consta es que todos los asistentes prorrumpieron en el grito de Vivat Adephonsus Imperator. Lo mismo que en las coronaciones imperiales carolingias, se procedió a la entronización, asistiendo al emperador electo el rey García de Navarra y el obispo de León, don Arias, quienes le sostenían ambos brazos. Rito central de la coronación era la consagración o unción, con el óleo sagrado, de la persona del emperador, de suerte que emperador hubo que se consideraba cuasi obispo por el hecho de haber sido ungido. En León no fue ungido el emperador, ya que, como más arriba queda dicho, había sido consagrado rey de León, en la catedral de Santiago, siendo todavía un niño, y como ya había sido ungido no era posible una nueva consagración. De lo que sí nos consta es del hecho de que, después de la misa de la coronación, el domingo 26 de mayo se formó una lúcida comitiva desde la Catedral hasta San Isidoro, donde se hallaba asentado el palacio, hasta este momento real, y en adelante, imperial. En el decir de la Crónica, «ofreció el Emperador un gran banquete, en el que condes, príncipes y duques servían, como camareros, la mesa regia. También mandó distribuir magníficos estipendios entre arzobispos y obispos y demás asistentes, así como crecidas limosnas de manjares y vestidos entre los pobres».

Los festejos populares

Nada nos dice de los festejos populares con los que debió de solemnizarse acontecimiento tan extraordinario. El de mayor relieve y significación en la vida de Alfonso VII. No será aventurado suponer que, por lo menos, se celebraría con el mismo boato y colorido con el que, nueve años más tarde, el 19 de junio de 1144, se festejó la boda de la hija del Emperador, Urraca, con el rey García de Navarra.

También en esta ocasión el banquete y los festejos se tuvieron en los palacios de San Isidoro, acondicionados por la madrina de la boda, la hermana del Emperador y tía de la novia, doña Sancha. La Crónica aquí es bien explícita y por ella conocemos cómo se divertía el pueblo de León, especialmente la nobleza, en aquellos años del siglo XII. Eran juegos que, en parte, han llegado hasta nuestros días: así las justas a caballo, el alanceamiento de toros, la pita ciega y la gocha; estos dos últimos, todavía actuales, con los que se divirtieron los adolescentes leoneses del mundo rural. Este es el relato del cronista:

«Ordenó el Emperador, por medio de mensajeros, a los jefes de sus ejércitos, a todos los condes, príncipes y duques, esparcidos por su reino, que asistiesen, en atuendo de gala, con lo más granado de sus mesnadas, a las bodas reales. Todos acogieron la invitación con gran contento, especialmente los asturianos y tineanos, que acudieron, como había ordenado el Emperador, de gran etiqueta y a porfía, a la ceremonia de las bodas. También se presentó el Emperador, acompañado de la Emperatriz doña Berenguela y de una gran muchedumbre de nobles, condes, duques y jefes militares. Llegó también con un no reducido acompañamiento militar el rey don García, tan galán y fachendoso como es razón que se presente un rey novio a sus propias bodas. Entró asimismo en la ciudad, por la puerta Cauriense, la serenísima infanta doña Sancha, conduciendo a su sobrina, la infantina doña Urraca, prometida del rey don García y, con ellas, un incontable cortejo de nobles, militares, clérigos, mujeres y doncellas, procedentes de todas las casas de algún rango de España.

La infanta, doña Sancha, dispuso el pabellón nupcial en los palacios reales que se encuentran en San Pelayo (San Isidoro) y aposentó en torno al dicho pabellón a una gran muchedumbre de titiriteros, de coros femeninos, de mujeres y doncellas, que se acompañaban de trompetas, cítaras, salterios y toda clase de instrumentos músicos. El Emperador y el rey don García ocupaban el podio regio, colocado en alto, a las puertas del palacio imperial. En torno se acomodaron los obispos, los abades, los condes, los duques y los príncipes. El resto de los nobles, lo más granado de entre los españoles, unos arremetían a caballo, picando espuelas a sus corceles, lanza en ristre, contra los palenques, demostrándose simultáneamente la destreza y el vigor de caballos y caballeros. Otros acometían de muerte, venablo en mano, a toros bravos, enfurecidos por acoso de perros. Por último, sacaron al ruedo un puerco, como premio al que, con los ojos vendados, le diese muerte. La juerga entre los presentes llegaba al paroxismo cuando los jugadores, a ciegas, queriendo dar contra el gocho, se acometían entre sí. Total, que hubo jolgorio de los buenos en la Ciudad con este motivo, y daban gracias al Todopoderoso que los bendecía en todo cuanto emprendían.»


Tales bodas tuvieron lugar en el mes de junio de 1144.

viernes, septiembre 25, 2009

Por Alfonso IX (24-IX-1230)

Ayer, 24 de Septiembre, se cumplieron 779 años del fallecimiento del último Rey privativo del Reino de León (no del último rey leonés ya que todavía Fernando VII se intitulaba Rey de Castilla, de León, de Navarra, de Aragón, etc.) y Francisco Iglesias Carreño, nos remitió el siguiente escrito que publicamos para general conocimiento, con la usual advertencia de que las negrillas son del Húsar:

En el lugar de Villanueva de Sarria (Lugo-Galicia) fallecía, a su vuelta de la campaña en la Extremadura Leonesa (actuales provincias de Cáceres y Badajoz), el zamorano que llego a ser Soberano del Regnum Imperium de la Corona Leonesa, que ha pasado al relato del proceso histórico como Alfonso IX, tal hecho aconteció el 24 de septiembre del año 1230.

Dada la alta, extraordinaria y magna obra que lego a la posteridad este zamorano (por ende leonés), vendría bien, al actual presente, su recuerdo ya que muchas de sus actuaciones han alcanzado cotas de rango universal. En nuestro criterio particular dos zamoranos, como Viriato y Alfonso IX, destacan por su sola figura en ese amplio muestrario de elegidos del hacer personalizado en el mundo pasado.

El día 24 de septiembre de 1230, en ese camino peregrinaje que había iniciado Alfonso IX, desde Alange hacia Santiago de Compostela, para agradecer al Apostol las conquistas en el suroeste, en esa ampliación natural siguiendo, en gran parte, el itinerario más antiguo de la Península Ibérica [para el que hemos instado en pro de su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO], cual es La Vía de La Plata, tiene todo un antecedente que llena los hechos históricos de esta parte de la España Nación que, en su espacio geográfico del Oeste, ocupan las cuatro Regiones Históricas de la Corona Leonesa.

Vemos a diario el escudo de la ciudad de Zamora y su presencia familiar nos hace suponer que su formación es conocida por todos los zamoranos y zamoranas, e incluso del saber de las gentes del Reino Leonés, pero parece que no es así, y que pese al entusiasmo de muchos por difundir el significado de su composición, el dominio explicativo del mismo. no ha alcanzado a todos ni ha llegado a todos los rincones geográficos del País Leonés. Curiosamente en el escudo de la ciudad de Zamora tenemos la incidencia de Viriato y Alfonso IX.

La conquista de la Extremadura Leonesa por Alfonso IX de León, es un hacer bélico [que esta siendo anulado en los libros de texto que manejan los escolares actualmente] de extraordinaria importancia y que señala la acción decisiva de los ejércitos de la Corona Leonesa en pro del hecho que nos es conocido como La Reconquista. Así, y frente a interesadas versiones de La Reconquista, se sitúa la veracidad de los relatos históricos que señalan, de forma inequívoca, la extraordinaria participación, en tales procesos bélicos, de las gentes que ocuparon el solar de las actuales provincias de: A Coruña, Pontevedra, Lugo, Ourense, Asturias, León, Zamora y Salamanca.

Desde el primer Estado que existió en la Península Ibérica, en la Corona Leonesa con la Curia Regia, se impulso de forma activa, directa y trascendente la reunificación de toda la península Ibérica-.- el antiguo dominio de los visigodos con el legado de sus importantes Concilios Toledanos-.- y uno de sus mayores artífices fue, sin lugar a dudas, el zamorano Alfonso IX.

Los descendientes de Alfonso IX siguieron la estirpe de la Casa Real Leonesa y desde ahí se enlazó con la Casa Real Española. Alfonso IX fue el eslabón zamorano que marcó, desde la Corona Leonesa [Extremadura-Reino Leonés-Galicia-Asturias], esa continuidad en pos de la recuperación de la Hispania toda, de una recuperación no solo en lo geográfico, con serlo y de crucial importancia, también en lo político [Cortes de la Corona Leonesa de 1188 las primeras del mundo], en lo humano/social [Carta Magna Leonesa antecedente de la Declaración de los Derechos del Hombre], en lo cultural [Fundación de la Universidad de Salamanca], etc.

Alfonso IX de León constituye el legítimo orgullo de la Corona Leonesa, de la identidad diferenciada de sus cuatro Regiones Históricas y sus constitucionales Hechos Diferenciales, y es un exponente ejemplificador de la aportación de las gentes de nuestra tierra al desarrollo de los derechos humanos.

Alfonso IX tiene que estar, debe estar, en nuestra memoria colectiva.

¡¡¡ Gloria y honor para quien tanto, y tan bien, hizo !!!